lunes, 11 de octubre de 2010

El parque de los desnudos



EL PARQUE VIGELAND:
UN BANQUETE PARA LOS SENTIDOS

Por PABLO GORLERO

OSLO.- La primera recomendación que recibí antes de partir rumbo a Noruega fue no dejar de visitar el Vigelandsparken. “El parque de los desnudos”, me dijeron. Las fotos de la guía turística no decían mucho. Pero al poner un pie en Oslo, en la estación de trenes, me topé con una gigantografía que ilustraba un obelisco de cuerpos entrelazados, anudados. Sospeché que se trataba del Vigelandsparken o Parque de Vigeland, situado dentro de un parque mayor: el Frognerparken.
Empecé a interiorizarme y me enteré de que se debía su nombre a Gustav Vigeland, un bienamado escultor noruego que vivió entre 1869 y 1943. En épocas de la independencia, el gobierno le encomendó numerosas obras escultóricas y fue uno de los artistas más mimados de esa renaciente nación escandinava. En 1906 presentó un modelo en yeso de una fuente para adornar la plaza frente al Parlamento Nacional. La obra gustó, pero tuvo que esperar unos trece años, durante los cuales Vigeland amplió el proyecto añadiendo varios grupos escultóricos y un monolito de granito. Miren qué historia interesante. En 1921, el ayuntamiento de Oslo decide demolir el edificio donde se encontraba el estudio del escultor para construir la Biblioteca. Pero llegaron a un acuerdo histórico: la misma ciudad construiría un nuevo edificio destinado a estudio y vivienda de Vigeland, a cambio de ser transformado en museo luego de su muerte. A cambio de esa construcción, el escultor se comprometía a donar a la ciudad todo su trabajo artístico, incluidos sus modelos.
Así Vigeland se mudó a su nuevo estudio, muy cercano al Frognerparken, espacio verde elegido para instalar su fuente y su complejo escultórico. Así fue como, en los sucesivos 20 años, el artista se dedicó a la realización e instalación de un área destinada a la exposición permanente de sus esculturas.
Dónde comienza o termina el Parque Vigeland para continuarse en el Frogner, nunca lo pude descubrir. En cambio, sí me enteré de que este enorme parque de más de 32 hectáreas comenzó a concebirse por este megalómano en 1924 y fue concluido siete años después de su muerte.
Los grandes portales que conducen a él desde una de las principales avenidas de Oslo se asemejan al Central Park neoyorquino. Es algo así, un gran pulmón verde en el medio de la ciudad. Aunque, claro está, Oslo irradia naturaleza por todos sus costados.
Me sentí afortunado por el día que me tocó recorrerlo: un soleado domingo de septiembre, con 22 grados y un tibio sol que acariciaba el rostro. Apenas pasé por el desfiladero de árboles, bajo los cuales muchos ancianos disfrutaban del merecido descanso por sus jubilaciones (sin preocupación en sus rostros, obvio), el parpar de los patos anticipa agua cercana. Ya sobre el final de esa pared arbórea se asoma la primera sorpresa: un puente flanqueado por decenas de esculturas humanas de bronce, todas desnudas. No sólo están en diferentes posturas y posiciones, sino que cada una contiene una expresión, una emoción o una acción. Algunas simbólicas, otras metafóricas, todas tan vivas. Ahí comienza un viaje que conmueve. Ahí empieza una comunión artística y natural que sacude todos los sentidos.


Vigeland reprodujo todas las formas de las relaciones humanas, todos los períodos erarios y las formas expresivas más diversas. En ellas hay belleza, erotismo, hasta pavor. Es imposible que cada una de ellas resulte indiferente. Y allí, en ese pasillo de sensaciones, hay un aroma inspirador, ineludible. El de August Rodin.
Allí los instintos se corporizan tanto en sus formas más extremas como de modos más sutiles. El amor fraterno, el amor filial. La violencia visible, la violencia interna. La pareja heterosexual, la homosexual. El odio, el enojo, el pánico, la alegría, la felicidad. La seducción, la vanidad, la autosuficiencia, la autoestima.
Uno se puede quedar horas ahí, contemplando, compartiendo con cada uno de esos cuerpos sus posibles pensamientos, el alma que les dio su creador.
Luego, un pulmón de flores permite una bocanada de belleza natural para separar los sentidos de la creación del hombre. Aunque, de inmediato, a lo alto, uno puede avizorar lo que se viene. El aire a Rodin se entremezcla con una cacofonía de inspiraciones en la antigua Mesopotamia y en el arte clásico. El ying y el yang salpican permanentemente la vista y embriagan al espectador sensible. Una enorme fuente, llamada La Rueda de la Vida, antecede al Monolitten, un obelisco de cuerpos humanos. Es tan erótica esa llamarada de arte, en medio de tanto verde. Tan fálica. La Rueda y el Obelisco conforman una cópula de vida para parir momentos, emociones, sensaciones; amargas y felices.
La Rueda es una fuente sostenida por unos atlantes, que quedan tapados por una cortina de agua, tan armónica como estridente en su caída. A su alrededor, árboles de la vida con querubines, que son la mayor reminiscencia rodiniana. Y debajo, en el friso que circunda toda la fuente, secuencias que pasan por el amor, el sexo y la violencia.
Luego, la escalinata que conduce al obelisco humano. Uno puede pasar horas observando esa escultura con tanto contenido de ritual. Esa trenza de cuerpos, compacta, perfecta, es tan impresionante como bella. Hombres y mujeres de todas las edades se compactan en una masa de concreto que parece carne viva. A su alrededor, decenas de esculturas en situaciones que contienen tanto acción como emoción. Es impresionante cómo Vigeland puede captar sentimientos para reflejar expresiones. Cómo puede poner en la roca el alma humana con tanta elocuencia.
Casi cinco horas estuve en el Vigelandparken, adorando a ese megalómano. Contemplé cada escultura, cada relieve de la fuente, cada cuerpo anudado en ese obelisco. Traté de guardarme el olor de esas flores tan bien cuidadas por los visitantes mismos y hasta el sonido de los pájaros.
Al atravesar los portales de salida, juro que me di vuelta, sonreí y di las gracias.
Aquí un recorrido fotográfico por esta maravilla:

domingo, 19 de septiembre de 2010

Next to Normal




El musical de la bipolaridad

Por Pablo Gorlero


OSLO.- No hay demasiadas publicidades en la capital noruega. Es parte de su idiosincrasia, de su forma de comunicar con discreción. La gente se entera de otros modos: por estar atentos, por los medios de comunicación, a los que todos tienen acceso. Por eso quien esto escribe se enteró de que en Oslo estaba en cartel el musical Next to Normal , sólo por haber transitado por casualidad, por la puerta de su teatro, el Det Norsketeatret. ¿Entradas para ese mismo día? Imposible. Hasta las obras del Festival Ibsen están acomodadas de tal forma que el espectador común pueda combinarlas con otra función de teatro comercial o alternativo.
Pero cómo poder reprimir la curiosidad por ver cómo los noruegos adaptaron este musical alternativo que se convirtió en objeto de culto de la escena de Broadway. Conseguimos entradas. De alguna forma, Next to Normal pasó a ocupar el lugar que dejó Rent, sólo que amplió su espectro de público hacia edades que traspasaban los treinta y pico. Es lo que ocurre, en un primer vistazo, con los espectadores noruegos... aunque un poco más. En su mayoría con cabezas canosas (casi nadie se tiñe en Oslo) cumplen con la ceremonia teatral nórdica. Arriban al teatro, cuelgan sus abrigos en alguno de las enormes filas de percheros (a nadie se le ocurriría llevarse el equivocado), se toman un "vermucito", cada uno se acomoda por sí mismo en la butaca que le corresponde y, en punto, absolutamente todos, están en su asiento para presenciar el espectáculo. Luego no habrá euforia, pero la obra finalizará con un estruendoso aplauso que obligará a que los intérpretes salgan cuatro veces a saludar. Prueba de que el buen teatro y el buen rock puede ser también saboreado por cualquier edad.
Next to Normal es un musical rockero con libro y letras de Brian Yorkey y música de Tom Kitt (ganadores del Tony). Es la historia de una madre que lucha contra sus disturbios bipolares y la fuerte presencia en su vida de su hijo muerto. Eso causa serios trastornos en el entorno familiar, pero tanto su esposo como su hija la ayudan a pelear contra su problema mental. Allí entrarán en escena su psiquiatra, los psicofármacos y un serio planteo que los autores hacen en torno a algunos tratamientos a pacientes con estos trastornos. Asimismo, es una alerta para estar atentos a esta enfermedad, cada vez más común en estos nuevos tiempos.
Aunque inspirado en el montaje que Michael Greif (Rent, Grey Gardens) hizo en Broadway, el director noruego Svein Sturla Hungnes realizó una puesta en escena imponente, en la que la escenografía en tres niveles de Even Børsum y las luces de Ola Bråten tienen una presencia estridente que envuelve. Sobre el nivel superior, se instala la contundente banda musical liderada por Atle Halstensen. Next to Normal es una obra con un discreto elenco de seis intérpretes, que llenan la escena con mucha presencia y gracias a un montaje ágil que aprovecha todo el enorme dispositivo escénico. Es una obra hecha para una gran protagonista. Alice Ripley se ganó el Tony gracias a su composición de la alterada Di Goodman. En esta versión, ese papel recae en la estupenda actriz y cantante noruega Heidi Gjermundsen Broch, quien impone dramatismo sin desbordes. La acompañan Jon Bleiklie Devik, Charlotte Frogner, Thomas Bye, Frank Kjosås y Lasse Kolsrud.


El Norketeatret

lunes, 13 de septiembre de 2010

Festival Ibsen

NORUEGA RESPIRA TEATRO

Por Pablo Gorlero

OSLO.- El alcohol es caro en Noruega: los impuestos a la bebida son muy altos. Pero hay otras posibilidades de embriagarse. De cultura, por ejemplo. Hay bares de jazz y de rocanrol por donde se busque. Y con sólo pisar la plaza que antecede al Parlamento, uno se siente atrapado por unas voces líricas que reúnen no a docenas, sino a cientos de personas. Es que desde el viernes último hasta el 19 de este mes, Oslo se viste de esmoquin para recibir a su Festival de Opera. A unas cuadras, un sinnúmero de galerías de arte se dan la mano, mientras el gran Vigeland vigila desde el corazón verde de la ciudad, con sus esculturas convertidas en patrimonio de la humanidad. Pero ¿la locura cultural pasa sólo por la música o las artes plásticas? Basta hacer unas cuadras por la pomposa Karl Johans Gate para toparse con un edificio que cualquier amante del teatro puede sentir palpitar. Muy fuerte. Es el Teatro Nacional de Noruega (Nationaltheatret), con el monumento en bronce del gran Henrik Ibsen como eterna custodia. Más allá, a dos cuadras de distancia, está la casa donde vivió en sus últimos años. Las habitaciones donde concibió John Gabriel Borkman (1896) y Al despertar de nuestra muerte (1899). Y allí los noruegos lo honran con un museo tan hermoso como ilustrado, tan emocionante como educativo. Aunque sus mejores obras hayan sido escritas en el exilio y aunque más de una vez haya sido crítico con su patria, aman ese genio y lo honran. Tanto como para realizar, cada dos años, el Festival Ibsen, dentro de las paredes del bello Teatro Nacional.

Todos los grandes gobiernos...

La embajada de Noruega en la Argentina eligió a LA NACION como único medio para cubrir semejante evento cultural. Había un motivo extra: una obra excelente como Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo, dirigida por un director mayúsculo, Daniel Veronese, y con un elenco que da orgullo: Claudio Da Passano, Silvina Sabater, Elvira Onetto, Marcelo Subiotto y Osmar Núñez. Tanto que el día en que este cronista arribó a la amable Oslo, divisó a dos cuadras la bandera argentina, junto a la noruega, en el frente del Teatro Nacional, como señal fraterna de que una obra de esa nacionalidad se estaba representando allí.
El Festival Ibsen celebra su feliz vigésimo aniversario con un puñado de obras extranjeras, basadas en los clásicos del dramaturgo, y las más destacadas puestas locales también inspiradas en sus trabajos. "Durante los últimos años, me di cuenta de que había un especial interés en los artistas jóvenes por redescubrir a Ibsen. Y encontraron un renovado sentimiento hacia su obra -explica Hanne Tømta, directora artística y general del Teatro Nacional-. Los dramas de Ibsen tiene el polvo de la historia, pero a través de los dramaturgos, del dedicado trabajo de los actores y de la aguda dirección, la obra de nuestro autor ha sido reinterpretada continuamente para que siguiera siendo relevante durante todo el siglo XX y los comienzos del XXI". El festival comenzó el 26 de agosto y continuará hasta el viernes próximo, tanto en el Teatro Nacional como en otras salas de la ciudad.
Se inauguró con Ibsen Machine, un trabajo local que, sin duda, es una de las estrellas del evento y seguirá representándose hasta el último día. El dramaturgo Sebastian Hartmann creó una obra en la que su personaje principal es Osvald, de Espectros, que interactúa con diversas criaturas de otras creaciones del escritor noruego.
Por su parte, el director francés Laurent Chétouane presentó su versión de Casa de muñecas, con un elenco noruego. El actor alemán Josef Bierbichler, ahora internacionalmente conocido por su trabajo en la elogiada película La cinta blanca (de Michael Haneke), llegó a Oslo para protagonizar una nueva versión de John Gabriel Borkman. "Un nuevo capítulo en la historia del teatro europeo", dijo Le Monde sobre este montaje del Schaubühne, a cargo de Thomas Ostermeier. En el elenco también participó Angela Winkler, ganadora del premio Año Ibsen 2006 por sus trabajos en personajes de ese autor.
Por su parte, el artesanal Chorus Repertory Theatre, del director indio Ratan Thiyam, presentó una aplaudida versión de Al despertar de nuestros muertos , con efectos especiales, artilugios visuales y un coro de cantantes.

Acento porteño
El jueves último, a las 19.30, una fila entusiasta, con espectadores de todas las edades, se agolpó en la puerta trasera del Teatro Nacional. Es que allí, detrás del escenario principal, en su trastienda, se montó el decorado minimalista de Todos los gobiernos han evitado el teatro íntimo, obra de Daniel Veronese que se basó en Hedda Gabler, de Ibsen. Allí, la nueva platea eventualmente armada por la producción se llenó (se vendió hasta la última entrada) para recibir con aprobación, risas y sorpresa la propuesta de los argentinos. Sin duda, es una de las joyas del teatro independiente actual y los europeos que conocen tan minuciosamente la obra de Ibsen, captan el detalle y celebran cada actuación hasta no permitir que los actores se retiren luego de tres saludos. Y una sala completa de pie, lógico. A la función siguiente, lo mismo. "Es fantástico como, con humor, emoción y cierto distanciamiento no abandonan el drama de Hedda Gabler", comentó a este cronista una fotógrafa local. Un orgullo.
Anteayer se presentó el elenco griego para representar The Lady From the Sea , en la sala principal del Teatro Nacional. Ya desde el foye r, uno respira las voces y los atuendos que, durante cientos de años, transitaron por ese escenario. Arañas inmensas, cielos rasos rococó y palcos con cariátides que parecen acariciar a sus espectadores son el marco ideal para embriagarse de teatro, desde el comienzo.
El elenco, dirigido por Eirik Stubø, uno de los "chicos rebeldes" del teatro europeo actual, conmovió al efusivo público noruego, que los aplaudió sin parar. El director hizo trabajar a su elenco de primeras figuras de la escena griega en un gigantesco escenario vacío, sin el mínimo elemento de utilería ni ningún decorado. Allí solitos, como en el vacío, volvieron expresionista al realismo en una propuesta coral e íntima a la vez, donde el actuar parece prohibido, pero el sentir es la esencia.
Quedan unas cuantas propuestas, además de las locales, una china y otra sueca. Pero no es una maratón de obras. El Festival Ibsen no es compulsivo. No es de esos eventos en los que hay que correr de un teatro a otro. Es metódico, prolijo y cuidado. Como Noruega.

Ibsen en su tierra
Las últimas semanas del verano nórdico ya acarician la capital noruega con un clima amable, con el sol y las nubes disputándose el dominio del cielo y algún viento que advierte sobre lo que se viene. Ellos andan tranquilos, como siempre, inundando las calles de noche y de día, despechugados como si los 18 grados de máxima fueran 25. Más aún, con tres festivales culturales en una semana. Concluido el de Opera, acaba de comenzar el Festival de Tendencias Musicales Contemporáneas Ultima, que hace un repaso por toda la vanguardia escandinava en materia de música y danza.
Pero La Nacion está en Noruega, gracias a su embajada en la Argentina, para seguir los pasos del vigésimo Festival Ibsen, de teatro. Todavía resuenan los ecos de la presencia de Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo, la versión que Daniel Veronese hizo de Hedda Gabler. “Sin dudas, lo mejor que he visto en estas dos semanas”, dijo el reconocido director Kamaluddin Nilu. Algo similar, comentó la crítica teatral cubana Yohayna Hernández.
En estos últimos días, el Teatro Nacional sólo compartió su bandera con las de China y Suecia, ya que las demás puestas fueron locales. Salvo excepciones, la tendencia del encuentro apunta a montajes ascéticos, estáticos y un premeditado distanciamiento. Como el montaje local de Casa de muñecas, dirigido por el francés Laurent Chétouane, que apunta a la representación de la representación y todo aquello que la compone. Desde su escenografía, compuesta por estructuras de madera que tal vez podrían convertirse en utilería, logra generar un esqueleto, cuya extrema frialdad tal vez le quite matices. Los intérpretes recorren el espacio escénico en forma permanente cuando esperan su turno para salir a escena, como para que el espectador no olvide que eso no es verdadero; la protagonista (un cruce entre Nora y Antígona) actúa su personaje en forma casi monocorde, pasando una a una las páginas de su libreto y sin moverse de su sillón, mientras algunos otros se interrelacionan a su turno.
Un poco más lejos del Teatro Nacional, pasando por el bohemio barrio de Grünerløkka, se encuentra el pequeño teatro Torshov (también oficial). A esta sala casi alternativa, de portentosa fachada, se accede por una escalerita que conduce a un espacio escénico en semicírculo, con piso de pedregullo negro. En un nivel superior, un actor recita textos sobre la paternidad, con voz en off amplificada. Luego, el resto del numeroso elenco irrumpirá y armará una extensa mesa articulable y desarmable que cruza la escena e impone el límite, contundente. Así comienza la propuesta noruega de El padre, del vecino August Strindbeg, única obra que no pertenece a la dramaturgia de Ibsen en el Festival. La directora Victoria H. Meirik condujo a sus actores hasta los bordes mismos de sus emociones, con un conocimiento minucioso. A su vez, le impuso a su montaje una importante fuerza escénica y dramática, a partir de un elenco virtuoso, del que merecen destacarse los nombres de sus dos protagonistas: Henrik Mestad y Andrine Sæther.

El padre

En el Teatro Nacional, se presentó esa hermosa metáfora que es El maestro constructor (The Master Builder), de Ibsen, a cargo de Lin Zhaohua, una de las principales figuras de la escena china. En ella participan actores populares de ese país, pero en un montaje también con escasas acciones para semejante escenario. Irremediablemente, la dramaturgia camina muy adelante de los intépretes. De todas formas, Zhaohua impuso a su puesta unas pinceladas estéticas y musicales exactas, preciosistas, como para que el espectador salga de la sala con cierto nudo en la garganta.

El maestro constructor

Deconstrucción Ibsen 1: Espectros

Pero sin dudas, una de las mejores propuestas de este célebre festival noruego es Deconstrucción Ibsen 1: Espectros. En el escenario menor de este gran teatro, un dúo de excelentes actores suecos: Rafael Pettersson y Nils Dernevik, ofrecieron una clase magistral de actuación con la fantástica versión que Jörgen Dahlqvist hizo de Espectros. El dramaturgista tomó a dos de los personajes de la obra, uno masculino y otro femenino, y “deconstruyó” la pieza, pero para cavar hondo en el sentido de su trama. Lo femenino y lo masculino está encarnado en ambas criaturas, no sólo a través de su vestuario y maquillaje, sino en la sutil y a la vez intensa interpretación. La directora Linda Ritzén llevó a los actores por senderos a través de los cuales sus criaturas descubren (o intentan hacerlo) cuál es el motivo de su presente y su destino. No sólo se amarán y combatirán al mismo tiempo entre ellos, sino que bucearán en las fosas más profundas de sus vidas, para reencontrarse, alejarse y volverse a encontrar. Por momentos se ahogarán, en otros podrán volver a la superficie. A veces en la paz, a veces en la locura. Inclusive a fuerza de repetición. Y, por instantes, mirarán al público fijamente, como responsabilizándolo. Imposible no salir estremecido de este impresionante trabajo.
Luego de que el gran dramaturgo noruego Jon Fosse recibiera el Premio Festival Ibsen 2010 (que consiste nada menos que en 300 mil euros), el Festival culminó con su obra estrella: la noruega Ibsen Machine, un trabajo artesanal de dos horas y media donde el dramaturgo Sebastian Hartmann jugueteó con distintos personajes del universo Ibsen para hacerlos interactuar en una locura sofisticada y muy bien interpretada.
Sobre el anochecer del viernes, la iluminación urbana hacía que la figura del monumento a Ibsen se agigante sobre una de las paredes del Teatro Nacional. Fue la imagen perfecta para cerrar su inolvidable fiesta, en su propia casa.

Ibsen Machine

El gran Teatro Nacional
OSLO.- El Teatro Nacional de Noruega, con su monumento a Ibsen como custodia imponente, es una joya de la arquitectura inaugurada en 1899 (único momento en que el dramaturgo pisó esa sala). Por dentro es imposible no enloquecer la mirada, tanto por su arquitectura y diseño como por su organización. Con frescos en los techos de la sala, en el foyeur y en otros diferentes sectores, tiene un estilo barroco que lo embellece. A su, vez, por sus paredes desfilan innumerables cuadros de los actores, directores y dramaturgos que pasaron por sus escenarios; y por dentro, los palcos presentan cariátides únicas.
El 9 de octubre de 1980, un proyector cayó sobre el escenario en plena función, a sala llena cuando se representaba The Kingfisher. El fuego envolvió la escena inmediatamente, pero por fortuna no hubo víctimas y las llamas no se extendieron más allá del proscenio. Su capacidad es para 780 personas aproximadamente, aunque su caja escénica, en su totalidad, es mucho mayor que la platea, y tiene salida hacia la calle trasera.
Tiene todo lo que un teatro oficial debería tener, desde un importante presupuesto que le destina el Ministerio de Cultura como para hacer grandes y pequeñas producciones, y todas las comodidades para espectadores y empleados. El 20 por ciento de sus ganancias es a partir de la venta de entradas, mientras que el 80 restante proviene del Estado nacional.
Esta institución cultural amada por los noruegos produce entre 12 y 16 producciones anuales, que se comunican oficialmente en enero y agosto. La permanencia de las mismas es de acuerdo a la aceptación del público, aunque teniendo en cuenta la cantidad de habitantes de Oslo, el promedio en que las obras están en cartel es de aproximadamente 30 funciones.
El Anfiteatro es la sala mediana, inaugurada en 1963, y reformada sucesivamente, en 1980 y 1999, año en que se la “agrandó” para dar lugar a unos 210 espectadores. Entretanto, la sala más pequeña es The Paintshop, con capacidad para 65 personas.
Es llamativo como, antes de acceder a la sala, los espectadores pueden dejar sus abrigos en una fila de percheros sin que, a la salida, nadie se lleve nada equivocado. A su vez, el entreacto es casi una ceremonia, donde la gente acude a la barra del foyeur o al bar del primer piso para tomar un trago antes de que comience el segundo acto.
Un dato curioso: no hay talleres de vestuario ni escenografía en el Teatro. Están en otro edificio, en las afueras de la ciudad. Pero cuentan con un enorme camión propio que se ocupa de los traslados.





martes, 24 de agosto de 2010

DE ANNIE A HANNIGAN


Foto gentileza de: Mitch DanForth

Andrea McArdle vuelve a Annie

Por Pablo Gorlero


El 21 de abril de 1977 se estrenó en Broadway una de las comedias musicales que harían historia: Annie, con libro de Thomas Meehan, letras y dirección de Martin Charnin y música de Charles Strouse. Estaba basada en una historieta de Harold Gray llamada Little Orphan Annie, que salió diariamente en el Chicago Tribune, desde 1924. Charnin se enamoró de esos personajes: una huerfanita, con un perro lleno de pulgas, adoptada por un ultramillonario. Y en torno a ellos imaginó las vidas de cada uno de ellos, los personajes que los circundan y un contexto social signado por la Gran Depresión del 30. Era un gran riesgo: trabajar con un grupo de niñitas y un perro, y hacer cantar nada menos que al presidente Franklin D. Roosevelt. De más está decir que se convirtió en una de las comedias musicales más adoradas y ni siquiera Gray hubiera imaginado que sus criaturas tuvieran una vida tan frondosa. Estuvo seis años ininterrumpidos en cartel (con varias reposiciones) y su protagonista fue Andrea McArdle, una niñita que hizo lagrimear a más de uno en aquella oportunidad. Hoy, Andrea McArdle vuelve a trabajar en Annie, aunque para interpretar a la Señorita Hannigan, regente del orfanato y villana de turno. Esta vez es ella quien debe soportar los pisotones de las nenas. La obra se estrenó en el prestigioso North Carolina Theatre, dirigida por Casey Hushion, con English Bernhardt, como Annie. Ya de grande, McArdle también trabajó en otros musicales como Los miserables, La Bella y la Bestia, Starlight Express, Gypsy y State Fair.
En la Argentina, Annie se estrenó en 1982, en el teatro Lola Membrives. Las niñas que participaron en ese montaje se eligieron a través de un programa televisivo conducido por Pinky (a su vez, una de sus productoras). Noelia Noto -hoy en día radicada en España- fue la protagonista, y Cecilia Campos su alternante. Entre las demás "huerfanitas" se encontraban Eleonora Wexler y Nancy Anka. El resto del elenco protagónico lo completaban Raúl Lavié, María Alexandra, Jovita Luna, Héctor Pilatti, Laura Rivó, Jorge Larrea, Guillermo Marín y Rodolfo Valss.
Actualmente, en Monterrey (México) se está por estrenar una nueva versión de Anita, la huerfanita.

domingo, 18 de julio de 2010

Glee


Idina Menzel y Kristen Chenoweth, en Wicked

Matthew Morrison, en Glee y en Miss Saigón

Matthew Morrison, en 10 Million Miles

Lea Michele, en Glee

Nota publicada el sábado 10 de julio de 2010, en La Nación

Con el talento de Broadway

La serie se transformó en una ventana para los intérpretes de musicales


Por Pablo Gorlero

Hasta el año pasado, difícilmente un intérprete de musical de Broadway conseguía acceder a un protagónico en una serie televisiva. Concretamente, hasta la aparición de Glee. Claro que hubo excepciones, y Debbie Allen (Amor sin barreras, Sweet Charity) pudo ser protagonista, y luego directora y productora de la serie Fama, uno de los grandes íconos televisivos de los años 80.
La aparición de Glee es el puente que estaba faltando entre Broadway y la televisión. Tanto es así que la página oficial de la serie en Facebook lanzó esta encuesta: "¿Qué estrella de Broadway querés en Glee?". Y allí figuran los nombres de Bette Middler, Julie Andrews, Carol Burnett, Lea Salonga, Adam Lambert, Betty Buckley y Megan Mulally, entre muchas otras. Y todos ellos, famosos y desconocidos, quieren pasar por esa "ventana" que trasciende la Gran Manzana y puede volverlos masivos, algo por siempre dificultoso para los artistas del género musical.
Glee reivindica el espíritu de Broadway a través de esos sublimes fragmentos cantados de sus obras, pero también en el alma de aquellos talentosos intérpretes integrales que transmiten las emociones más intensas a través de la palabra cantada o del movimiento. Así Matthew Morrison, quien trabajó en las comedias musicales Footloose, The Rocky Horror Show, Hairspray, 10 Million Milles y The Light in the Piazza, hoy es una estrella a la que le "llueven" proyectos. Y para hacer alarde de su talento, en la última entrega de premios Tony demostró durante varios minutos cómo puede bailar y cantar sin parar, con el magnetismo de una estrella consumada.
Por su parte, el revolucionario musical Despertar de primavera -ya fuera de cartel- dejó como legado extra a sus dos protagonistas: Lea Michele y Jonathan Groff, y a una integrante del elenco, Jenna Ushkowitz. La carismática Michele va camino de convertirse en una de las figuras jóvenes más solicitadas de Hollywood a través de su atractivo personaje Rachel Berry, hija de un matrimonio compuesto por dos hombres.
Por su parte, Idina Menzel y Kristen Chenoweth, las dos impresionantes protagonistas originales de Wicked, hoy superestrellas de Broadway, también tuvieron su lugar en Glee, con personajes intensos, donde demostraron que no sólo cantan maravillosamente, sino que son unas actrices espléndidas. A su vez, tuvieron sus participaciones Victor Garber y Neil Patrick Harris, entre otros.
Glee nos regala instantes inolvidables a los amantes del musical porque logra integrar el alma del género a su atractivo argumento. El momento en que Menzel interpreta a dúo "I Dreamed a Dream" (de Los miserables) con Lea Michele -su hija natural en la ficción- resulta un tour de force inolvidable. Otro de los momentos más sublimes de su primera temproada es cuando Chris Colfer (el adolescente gay, cuya relación con su ultramasculino padre mecánico es conmovedora) interpreta a dúo con Lea Michele, "Defying Gravity", el dúo musical que cierra el segundo acto de Wicked.
Glee sirvió tanto para reafirmar la "nueva comedia musical" -donde el rock más salvaje es el que rige sus partituras, donde la realidad, la ironía y la vida sin oropeles circundan sus letras y sus tramas-, como para recuperar el romanticismo clásico e incorporarlo a su contemporaneidad.