domingo, 28 de noviembre de 2010

Kive Staiff


(Nota publicada el viernes 26 de noviembre en el suplemento ADN, de La Nación)

"Tengo más amigos que enemigos"

Kive Staiff deja la dirección del Teatro San Martín y está cansado de la pelea cotidiana por el presupuesto

Por Pablo Gorlero

Treinta años son suficientes como para que el visitante sienta que la oficina de Kive Staiff es como su casa. Están sus cuadros, muchos objetos personales y docenas de premios. A un costado, algunas cajas. Ya está guardando, muy de a poco, algunas de sus pertenencias. Se lo ve triste. Por momentos se quiebra, no lo disimula y si quisiera hacerlo no podría. Pero los silencios, luego de algunas preguntas, son largos. En pocos días se irá de ese lugar que, con orgullo, hizo a su modo.
-¿Hasta cuando sigue aquí en su oficina, Kive?
-Hasta el 30 de noviembre. Se ha creado un consejo asesor de artes escénicas cuya presidencia voy a ejercer a partir de diciembre. Es una buena idea de Hernán Lombarda, en el sentido de elaborar una política cultural con todos los estamentos de la actividad que tiene la ciudad. No me parece nada mal, porque se fija un propósito, un horizonte, y hay que trabajar para unirlos en esa misma dirección.
-¿Qué significa el teatro San Martín para usted?
-Y mirá… Sintéticamente te tendría que decir: la vida.
-Eso es mucho…
-Sí, es mucho. Estoy vinculado al teatro desde hace 40 años. La primera vez llegue a fines del 71; a mediados de 1973 me fui para ejercer el periodismo en el diario La Opinión, me volvieron a llamar en el 76, me tuve que ir en el 89 y volví a mi trabajo periodístico pero siempre vinculado con la actividad teatral, a través de la crítica. Es una experiencia vivida única y, sobre todo porque llegue a fines del 71 con una especie de rabia de crítico de teatro: “Ahora voy a demostrar qué se debe hacer con un teatro público de Buenos Aires”. Y en cierto sentido lo demostramos porque hubo un remezón, un gran movimiento sísmico desde el punto de vista ideológico en el primer repertorio, de 1972
-¿Se acuerda cuál fue la primera obra que monto?
-Si, fueron dos. Un enemigo del pueblo, de Ibsen, en la adaptación de Miller, en la Martín Coronado; y la otra fue Nada qué ver, la primera obra que Griselda Gambaro hizo con nosotros, en la Casacuberta. Ernesto Bianco y Héctor Alterio estaban formidables en Un enemigo del pueblo. Por aquél entonces los fervores políticos jugaban un papel enorme, el público participaba con calentura política.
-¿Se arrepiente de algunas cosas en todo este tiempo?
-No, creo que no. Uno puede arrepentirse de haber elegido algún título que fue un desastre. Pero forma parte de la responsabilidad. Tuve grandes colaboradores y, juntos, creamos una institución en movimiento. Muy rápido dejamos de ser productores de teatro para convertirnos en una institución cultural. Yo mismo me sorprendo. El día a día a uno lo traga y cuando mirás para atrás te preguntás: “¿Cómo llegamos hasta aquí?”. Esta es una institución que edita revistas, libros, produce un programa de televisión, otro de radio, edita discos, hace cursos diversos… Hemos convertido una sala que era confitería en una paradigmática, que es la Cunill Cabanellas. A veces me da la impresión que hay gente que va a esa sala y a ninguna otra.
-¿Le duele el teatro?
-Y sí, me duele mucho… Me duele mucho cuando veo que debiéramos hacer más de lo que hacemos y mejor. Aunque hay espectáculos que me producen una enorme satisfacción, me duele que no tengamos dinero, que nos falte un buen presupuesto, que la obra arquitectónica que tenemos por delante esté paralizada. Estamos con una marquesina a mitad de camino, con un proyecto de sala de ensayo para el ballet que finalmente no se consumó, problemas con la instalación sanitaria, problemas con la lluvia, problemas con el techo del Alvear y de la sala Martín Coronado. Eso duele, muchísimo indudablemente.
-¿Y qué le dicen las autoridades cuando usted les comenta estas cosas?
-Bueno, alegan que no hay dinero…
-¿Y usted como reacciona ante eso?
-Tengo ganas de dar una piña. Es un tema recurrente en nosotros, en la dirección de teatro. No soy yo solo. Hay gente que está a mi lado y hemos constituido un equipo de trabajo muy interesante y muy apasionado.
-¿Y usted qué piensa? ¿Este gobierno no tiene recursos o es indiferente?
-No puedo decir que es indiferente, al contrario. Pero es evidente que requiere de decisiones políticas para decidir qué hacer con el presupuesto para el Teatro San Martín. Me resulta difícil imaginármelo pero bueno, también es cierto que debería haber una mayor conciencia del fenómeno cultural en la dirigencia política… y en la económica. No tenemos cultura de mecenazgos entre nosotros. Tenemos algunas empresas que nos acompañan, como el Banco Galicia, el Banco Ciudad, la Fundación YPF… Pero deberíamos tener mayores aportes de más sponsors. De todos modos, no podemos compensar las carencias de los presupuestos oficiales con las intervenciones de las instituciones privadas.
-¿Cuál es el ingreso que tiene el teatro por boletería?
-Es alto si tenemos una buena temporada activa. Creo que este año será así. Si hay más espectadores nos va muy bien, pero tené en cuenta que cobramos una entrada muy barata. Estamos en 45 pesos cuando los teatros privados están tocando los 200. De manera que la vanagloria no es a través de la recaudación sino que debe darse a través del número de concurrentes al teatro, y ahí estamos en unos 600.000 o 700.000. Hemos tenido épocas en las que hemos llegado al millón hace muchos años atrás. Pero no me quejo, tenemos una buena receptividad en el público.
-¿Se ganó amigos y enemigos al mismo tiempo?
-Nooo… Tengo muchísimos más amigos que enemigos. Hay alguno que debe andar por ahí rumiando la bronca de no haber trabajado acá como hubiera querido. Pero el San Martín siempre fue el lugar donde muchos artistas podían hacer determinado repertorio que, obviamente, ni en la televisión ni en el teatro comercial lo hubieran podido abordar. Hay actores que se pasan la vida sin haber hecho Shakespeare, lo que es terrible.
-El San Martín es el lugar por donde todos los actores quieren pasar…
-Es verdad, absolutamente es así. Hubo un actor que se arrojó al piso a besar el escenario cuando por primera vez lo llamamos para actuar.
-¿Le hubiera gustado volver a tener un elenco estable?
-Absolutamente. Pero no hay condiciones económicas para hacerlo. En 1989 se disolvió el elenco pero se mantuvo la compañía de danza y de títeres. Creo muchísimo en un elenco estable. Ya se sabe del riesgo de la burocratización, pero hay métodos y formas para combatir esa tendencia. Con entrenamientos, con maestros diferentes, el cambio de repertorio, el intercambio rápido de una obra hacia la otra, no te burocratizás.
-¿Se enoja cuando lo critican y le dicen que no se quiere mover del San Martín?
-No… Pero los he desmentido porque la iniciativa de irme ha sido mía. Nadie me pidió la renuncia y a nadie se lo tiró por la ventana. Simplemente, no va más. Tal vez un poco de cansancio por la pelea cotidiana.
-¿Qué le quedó en el tintero con ganas de concretar?
-Son muchos años y me di muchos gustos. Sería injusto señalar algo. Me hubiera gustado hacer Troilo y Crésida, de Shakespeare. Cubrí casi todo el espectro de la actividad. Desde los clásicos hasta los contemporáneos.
-¿Qué va a hacer después del 30 de noviembre?
-Seré asesor… Cuando renuncie asumirán Carlos Elía, como nuevo director general, y Alberto Ligaluppi, como nuevo director artístico. Yo me ocuparé de la presidencia de ese consejo asesor. Pero ya no me tendré que preocupar por la función de la noche.
-¿Y usted cree que se va a poder despegar de eso?
-No debiste hacer esta pregunta… Voy a hacer el esfuerzo, te lo prometo. A lo largo de los años la relación con el personal se puede convertir en una relación amistosa, de amigos, de abrazarse. Desde el personal de administración hasta los técnicos y bueno, eso cuenta muchísimo. Y para qué ocultarlo, siempre está la curiosidad, de ver qué van a hacer con esto.
-Es muy doloroso saber que los oficios se han ido diluyendo aquí… Los talleres fueron diezmados.
-Ahí está lo que no hicimos: no preparamos gente nueva. Creo que una de las tareas fundamentales del complejo es crear sistemas de preparación y formación de personal técnico, utilero, zapatero, de sastrería. Son sectores en los que tenemos una situación crítica porque mucha gente se ha jubilado. Hay que preservar la artesanía que una obra demanda, cuidándola, sumando gente.
-Usted quiere mucho a los actores. ¿Cómo son?
-Frágiles y sólo viven desde el escenario. Abajo del escenario, sus vidas son apenas un tránsito para la función de mañana.
-¿Entonces cuando no están en el escenario son complicados?
-No diría eso, pero aparecen algunas personalidades.
-Prefiere verlos en papel…
-En algunos casos sí. Pero, por otro lado, son frágiles y hay que ayudarlos
-¿Cuáles son los actores que usted ve como los futuros Alfredo Alcón, Ernesto Bianco o Elena Tasisto?
-Qué compromiso… Sergio Surraco podría ser uno de ellos. Malena Solda también. Me hacés dar nombres y es muy difícil.
-¿Qué montaje del San Martín recuerda como histórico y difícil de superar?
-Inexorablemente te digo El enemigo del Pueblo, con Ernesto Bianco y Héctor Alterio; y Las Troyanas, con María Rosa Gallo. También La ópera de tres centavos, de Brecht y Weill, que hizo Daniel Suárez Marzal; y las versiones que hicimos de La gaviota y de Tres hermanas, de Chéjov. Me resulta inolvidable también el comienzo de En casa, en Kabul, que dirigió Carlos Gandolfo. El comienzo, un monólogo de 75 minutos, de Elena Tasisto, es difícil de olvidar.
-¿Como se vive el retiro? ¿Con ansiedad o congoja?
-Con serenidad… con alguna lágrima, pero comprendiendo, al mismo tiempo, que la vida sigue.
-Está todo muy ordenadito en su oficina. ¿Ya sabe dónde va llevarse todas esas cosas?
-Hay muchas cosas que son del teatro pero muchas otras son mías. Estoy en proceso de ordenar, lo podés ver.

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