lunes, 12 de diciembre de 2011

Primeras Damas del musical



PRIMERAS DAMAS DEL MUSICAL
Florencia Peña Ana María Cores Vicky Buchino y Julia Zenko

Gran parte del staff de Primeras Damas Natalia Cociuffo, Ivanna Rossi, Vanesa Butera, Marcelo Kotliar

Laura Conforte y Julia Zenko Magalí Sánchez Alleno, Gaby Goldman y María Rojí

Las chicas Chicago: Paoli, Cociuffo, Radano, Guida y Lenoir Las Velmas: Sandra Guida y Melania Lenoir

Vanesa Butera y Josefina Scaglione Natalia Cociuffo y Magalí Sánchez Alleno

Florencia Peña y Ana María Cores, en la conferencia de prensa Alejandra Radano y María Rojí
Marcelo Kotliar, Gaby Goldman, Pablo Gorlero y Ricky Pashkus
Sandra Guida, Vicky Buchino y Laura Conforte: tres generaciones

15 de diciembre, en el Gran Rex
Primeras Damas del musical es un evento que reunirá por primera vez a las “divas” del musical argentino. Es un concierto que pretende glorificar tanto a este género que crece a pasos agigantados como a aquellas intérpretes talentosas que protagonizaron los principales títulos de la Argentina. En este show, cada una interpretará distintas canciones pertenecientes a comedias musicales. No sólo que las hayan caracterizado a ellas, sino también inéditos, además de muchas sorpresas.
Hoy en día puede afirmarse que la Argentina es uno de los epicentros del teatro musical a nivel mundial. No sólo aquí se ven los más famosos títulos del género sino que, además, es importadora de talentos. Las numerosas escuelas de formación integral del artista en actuación, canto y baile, comenzaron a aflorar en 1991 y, a partir de allí, decenas de argentinos fueron contratados en otros epicentros musicales como Broadway, Londres, Madrid, París y México. Ejemplos de eso son nombres como Elena Roger, Sandra Guida, Alejandra Radano, Josefina Scaglione, Marcela Paoli, Gerónimo Rauch, Julia Zenko y Juan Pablo Di Pace.
En la Argentina hubo una comedia musical propia, que afloró en los años 20 y 30, evolucionando en las décadas del 40 y 50. Por aquel entonces, el tango y las temáticas locales prevalecían y sus grandes nombres fueron Francisco Canaro, Ivo Pelay y Enrique Santos Discépolo, entre los creadores; y Tita Merello, Libertad Lamarque, Elena Lucena, Tito Lusiardo, Aída Luz y Beatriz Bonnet, entre las luminarias. Desde fines de los años 50 los títulos de Broadway y Londres fueron inundando nuestras marquesinas con clásicos como Mi bella dama, Hello Dolly!, Mame, El violinista en el tejado, El novio, El hombre de La Mancha o Hair. Luego, en las sucesivas dictaduras militares, el género menguó, hasta que fue recuperando fuerzas durante las últimas dos décadas del siglo XX. Su punto de inflexión fue 1991, concretamente con el estreno de Drácula, de Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler. Sus entradas económicas y la enorme capacidad del Luna Park lograron que el primer megamusical de factura nacional consiga lo que no habían podido conseguir otros: fanáticos. Miles y miles de fans de la obra y del género fueron gestando un nuevo público que hoy es el consumidor de la treintena de títulos que se estrenan por año en Buenos Aires.
Y gracias a ese crecimiento comenzaron a surgir estrellas propias del género. Son divas que, en algunos casos, no trascienden las pantallas televisivas y los escándalos, pero son primeras figuras en los escenarios. Ellas son Elena Roger –un milagro que sin aparecer en TV llena teatros-, Sandra Guida, Karina K o Laura Conforte, sólo por citar algunos ejemplos. Se les suman otras provenientes de la música popular, como Lucía Galán, Julia Zenko o Valeria Lynch.
Ellas son las divas de nuestra gran comedia musical, de la que podemos sentirnos orgullosos. De todo ese enorme abanico que conforman aquellas intérpretes que protagonizaron musicales, junto con Ricky Pashkus armamos una primera selección, para esta primera edición de Primeras Damas del Musical, que subirá a escena el 15 de diciembre, en el Gran Rex.
Ellas son Beatriz Bonnet, Vicky Buchino, Vanesa Butera, Candela Cibrián, Ana María Cores, Natalia Cociuffo, Laura Conforte, Lucía Galán, Sandra Guida, Karina K, Melania Lenoir, Florencia Otero, Marisol Otero, Marcela Paoli, Florencia Peña, Elena Roger, María Rojí, Ivanna Rossi, Magalí Sánchez Alleno, Josefina Scaglione y Julia Zenko.
La idea y dirección es de Ricky y mía; la dirección musical de Gaby Goldman; la producción ejecutiva de Tommy Pashkus y Nicolás González; la producción general de Alfiz; el coro de 40 personas, está dirigido por Gabriel Giangrante; el "staging" y puesta coreográfica de Gustavo Wons; y la adaptación de las canciones, de Marcelo Kotliar.
No se lo pierdan, ojalá que sea una noche inolvidable.
PABLO GORLERO

lunes, 22 de agosto de 2011

RICKY MARTIN






(Entrevista realizada para el diario La Nación, en junio de 2011.)


CON LIBERTAD Y HONESTIDAD


Por Pablo Gorlero


Puede mirarte fijo para confesar algo, lagrimear de emoción cuando habla de su pareja y sus hijos, inflar el pecho cuando habla de su disco y su concierto o desparramarse en el sillón cuando la entrevista ya se vuelve charla. Así es Ricky Martin, a meses de cumplir 40. Descontracturado, sincero, macanudo, libre. Mucho más que antes. La historia la saben todos.


Llegó a la Argentina hace unos días no sólo para presentar su disco Música+Alma+Sexo (fue disco de oro en una semana) sino para encontrarse con sus fans, mezclarse con ellos y dejar el terreno calentito para cuando regrese en septiembre. Anteanoche él mismo anunció que sus conciertos serán entre el 6 y el 22 de ese mes, en Córdoba, Corrientes, Mar del Plata, Rosario, Buenos Aires (en River), Neuquén y Mendoza.


-Te convertiste en el rey del Twitter y muchos famosos siguieron tu ejemplo.


-Es que ya no es futuro; esto es ahora. Y el que lo sabe utilizar, gana. ¡Con un botón llegás a 3 millones de personas!


-Hablás de esta gira en forma especial...


-Es mi favorita. Esto trae otro rollo. Es bien teatral, provocativa; la música tiene mucha alma y mucho sexo. Presentamos un poquito del comienzo de mi carrera, jodemos un poco con un look algo underground londinense y luego nos vamos a algo más acústico, para pasar a un momento de fetiche, en el que hay cosas muy sensuales y sexuales. Después pasamos a una atmósfera de carnaval carioca y afroantillano, fiesta y terminamos en esa frecuencia, luego de una hora y 45 minutos. Nos llevó seis meses poner todo en orden. Es bien limpio, bien teatral. Giorgio Armani diseñó todo el vestuario


-¿ Música+Alma+Sexo es tu disco más personal?


-Sí, creo que la música por obvias razones es el alma. El proceso espiritual por el cual he pasado estos últimos tres años ha sido bien interesante. Incluso el proceso creativo también fue bastante espiritual. Y el sexo es porque es parte de un todo. Además, esa palabra le trae picardía al título y hace que la gente se sorprenda. No sabes la cantidad de gente que me pidió que lo llame Música y alma únicamente. La doble moral. Esa palabra tan divina trae tanta incomodidad...


-¿Cuál es el condimento que hizo que amaras especialmente a este trabajo?


-Creo que es por todo lo que pasé. Por todo ese proceso de fortalecimiento, de autoestima, de las conversaciones que tuve con los productores, con los directores, así como la dinámica que hubo. De pronto, estaba escribiendo una letra intensa y mi hijo corría por el estudio diciendo "hola" o "adiós". Son toquecitos de buena vibra que lo hicieron diferente a los demás.


-Encima te lanzaste a escribir con decisión...


-No tuve temor de escribir porque todo, en este último año, fue transparencia. Entonces, no me dio miedo hablar de cosas. Hablo un poco de mi trabajo filantrópico con Cántame tu vida , sobre la explotación sexual infantil, un niño que está siendo utilizado para cargar armas. Eso también fue parte de este último trabajo. Ahora está mi puño y letra; aquí no hay filtro; no hay terceras personas.


-En tu carrera tuviste momentos soñados por cualquier artista, pero da la sensación de que estás viviendo "el" momento. ¿Es así?


- Pues yo creo que sí, aunque también espero que vengan mejores momentos incluso. Hay que pedirle más a la vida.



-Cuando uno libera caminos...


-Sí, definitivamente. Yo voy caminando, voy por la vida; todo fluye... y así como tú, muchos me dicen que me ven diferente. Mi prioridad y mi mantra en el día de hoy es éste: quiero y tengo que estar bien. Por mí y por mis hijos. Es un decreto de atracción.


-Puntualmente, ¿qué te abrió más el espíritu, el camino: la paternidad, tu confesión o ambas cosas?


-Para ser padre, yo estaba clarísimo con mi naturaleza. Entonces, la paternidad reconfirmó lo maravilloso de estar en contacto contigo mismo y no manipular emociones. Cuando encontré la manera de compartir mi naturaleza y decírselo a todo el mundo a través del Twitter fue grandioso. Cuando lo pensaba, no sabía si sería a través de una canción, de una entrevista o de una conferencia de prensa? ¿Adónde lo voy a hacer? ¿Cómo lo voy a hacer? Y apareció Twitter. Es aquí. Si hubiese sabido lo bien que me iba a sentir, lo habría hecho hace rato. Pero todo el mundo tiene que pasar por su propio camino.


-Entonces, de algún modo, la fama significó una celda para esta necesidad tuya.


-Sí, puede ser; está en mi libro Yo . Pueden ser mil cosas, hermano. Hoy en día, hay niños y niñas que, en su adolescencia, dicen: "Este soy yo y no me importa lo que pienses". ¡Qué maravilla! ¡Qué suerte de tener ese cráneo! Pero otros salen del closet a los 20, algunos a los 30 o a los 40, pero muchos mueren y nunca pasaron por ese proceso de aceptación. ¡Qué triste y qué trágico! ¿Por qué? ¿Por la religión, por la fe? Probablemente. ¿La sociedad? Probablemente. ¿La familia? Probablemente. ¿Dignidad, autoestima? Hum? creo que por ahí va.


-Igualmente, habría que establecer que lo tuyo fue una confesión; ya te habrás aceptado hace mucho?


-Esto de confesión me suena a pecado. No me gusta "confesión".


-¿Confidencia?


-Hay que buscar un buen sinómino. Creo que compartir, exponer, plantear, regalar... Compartí mi naturaleza, mi todo.


-Eso que contás me lleva un poco a tus hijos.. el ser padre te conduce al grado de amor más inmenso.


-Es fuerte. No hay comparación.


-Y eso te lleva al amor a vos mismo...


-Totalmente. Tengo que estar bien para que mis hijos tambien lo estén. Y yo tengo que ser sincero conmigo mismo y con todo el mundo para que mis hijos no tengan que mentir por mí. Eventualmente, ellos van a ir a la escuela y les van a preguntar. Porque siempre se dijo, nunca se confirmó. Quiero que mis hijos vayan a la escuela y sientan que esa pregunta posible es absurda. Al fin y al cabo, ésa es la nueva generación. Son más sabios. La información les llega, no la buscan. Pues, dichosos los de esta generación y los de las generaciones que vienen porque no tendrán tanto rollo existencial.



-¿Lograste la familia?


-La logré, claro que sí. Pero el concepto de familia es diferente para cada uno.


-¿Qué es "familia" para vos?


-Para mí, "familia" es comprensión, amor, la aceptación de seres humanos que viven bajo el mismo techo.


-Vos estás compartiendo tu hogar con alguien. ¿Eso no es una familia?


-Sí, hace tres años que estoy con mi pareja. Es una familia, cierto. Lo que pasa es que tomé la decisión de ser padre antes de conocer a mi pareja. Hay familias que tienen mamá y papá; otras que tienen sólo una maná o un solo papá? o dos mamás, o dos papás. En la mía, yo soy el papá.


-El es el padrastro.


-¡Sí, es el padrastro! El adora a mis hijos y mis hijos lo adoran. Cuando me siento a ver esa relación, esa dinámica, se siente maravilloso. (Se le llenan los ojos de lágrimas.) Mira, se me aguan los ojos. ¡Qué bonito encontrar esto! Sí, mi familia está sólida y estable el día de hoy. Y seguimos adelante y caminamos un día a la vez; tratamos de dar pasos lo más sólidos posibles y seguimos descubriéndonos. Porque todos los días hay necesidades nuevas y hay que estar dispuestos al cambio.


-¿Cómo soñás a tus hijos dentro de 15 años? ¿Solés hacer eso?


-Sí, viejo? La verdad que sí, pero mi ideal a lo mejor no es su ideal. Me encantaría que fuesen buenísimos en el deporte; que les gustaran mucho las artes y la música; que tocaran más instrumentos musicales que yo; que se embarraran en pintura y que encontraran un canal en el que pudieran desahogarse; que pudieran encontrar un desapego de la locura de la sociedad. Quiero que sean felices.


-¿Te acompañan a los conciertos?


-Sí, van a todos lados conmigo. Esta es la primera vez que no estamos juntos.


-¿Los vas a traer en septiembre?


-Sí, totalmente. Ahora teníamos cinco días antes de irnos a Europa y quise que estén un ratito en casa con su abuela, a quien aman.



ENTRE EVA Y CRISTINA

Entre los múltiples compromisos que el cantante puertorriqueño tuvo en Buenos Aires figura la visita que le hizo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en la Casa Rosada, el miércoles. Parece que las figuras de las primeras damas le generan interés, ya que también interpretará al Che (una suerte de relator) en Evita , en Broadway, junto a nuestra Elena Roger. "Hoy estuve con Elena. Es divina y súper talentosa, además de tener un gran tesón. Le pedí consejos porque hizo la obra en Londres. Intercambiamos ideas ya que debutaremos juntos en marzo. Estuvimos dos años trabajando esa idea y ya se concretó", cuenta. "Me gusta mucho la disciplina y el enfoque militar con la que trabajan los creativos de Broadway. Para mí es un honor revivir este clásico donde se habla del amor, de la justicia social y del feminismo, entre muchas cosas."


-Hablando de eso, ¿qué impresión te causó nuestra presidenta?


- Le he dicho: "Estoy a sus órdenes. Cualquier cosa que usted necesite, me gustaría trabajar". Hablamos mucho de derechos humanos. Con mi fundación (The Ricky Martin Foundation) tengo muchos años trabajando en contra de la esclavitud sexual infantil. Y ella ha hecho muchísimo por los derechos humanos. También hablamos de la comunidad LGBT y de lo que su gobierno ha logrado a nivel igualdad.


-¿Estuviste atento a la promulgación de la ley de matrimonio igualitario?


-Desde mi casa de Miami seguí el momento de la votación cada minuto por Internet. Fue emocionante, viejo. "¡Un voto más, un voto más!", gritaba. Y cuanto todo el mundo se tiró a la calle escribí en Twitter algo así: "Argentina, país pensante que no discrimina a sus ciudadanos y cree en la igualdad". Es maravilloso para toda la región.


-¿Te gustaría casarte si tuvieras la posibilidad?


-Claro que sí. Pero no lo veo ahora como una posibilidad. Para algunas familias firmar ese papelito es importante, y para otras no lo es tanto. Yo crecí en una familia de este segundo grupo. Pero reconozco que tengo una pareja y hay que llegar al compromiso, a la negociación que ambos necesitamos hasta arribar a un punto en común. Pero el hecho de que se pueda es fantástico. Tú dame a mí la opción y una vez que la tenga, te digo si quiero o no. Eso es lo importante. No me gusta eso de sentarme en la fila de atrás porque otros pueden y yo no. Es sentido común, man.


-¿Te interesa la política?


-Tengo muchos años lidiando con política en mi carrera. Existe la política en esto. Pero así como para postularme en algún momento... No debo decir que de esa agua no beberé. Aunque en este momento creo que aún me falta tanto por hacer como artista... Pero no es parte de mi personalidad decir "nunca" o "jamás".


-Compatriotas tuyos, con gran compromiso político, como Calle 13, tienen mucho éxito aquí. ¿Qué opinás de ellos?


-¡Me encantan! René dice cosas que muchos no saben decir. ¡Dale, sin filtro! Me gusta mucho su trabajo, es un tipazo y trabaja mucho por la gente. Está en su proceso de ebullición y ha hecho muchísimo. Cuando hierva... Puff... Llegará muy alto.


-A pesar de los estilos diferentes, ¿te animarías a compartir escenario con él?


-¡Claro que sí, por supuesto! Pero pregúntale a él si se atreve.


-¿Son pesadilla los paparazzi?


- Estoy en esto desde los 12 años y sé que la fórmula es aceptar que la fama es así. Aceptación y serenidad..


MARILINA ROSS


Marilina antes de despedirse de los escenarios

Por Pablo Gorlero

(Entrevista extendida de aquella realizada en La Nación, en diciembre de 2010, antes de su recital en el Opera, en el que estuvo acompañada en escena por Julia Zenko, Sandra Mihanovich, Patricia Sosa, Claudia Puyó, Claudia Almerares, Miranda! y Lucía Galán.)

Dicen que no suele dar entrevistas. Es verdad. Pero este último tiempo dio muchas. Dicen que tiene bajones profundos. Es verdad. Pero esta vez decidió una vez más salir a ponerle el pecho a las balas. Dicen que no sale mucho. Es cierto. Su salud la volvió muy casera. Ya desde hace tiempo. Sólo eso se dice de ella. Lo demás, lo dijo ella misma siempre: en sus canciones. No hace falta conocerla mucho más porque Marilina Ross siempre fue una de las artistas argentinas más transparentes.

Cuando abre las puertas de esa casa soñada que tiene la tranquilidad del campo en medio de la gran ciudad uno la encuentra a ella, sin verla todavía. Paz, música de fondo, buen gusto, naturaleza. Y luego allí aparece ella, todavía con cierto aire años 60, la misma de esas canciones que pintan su alma y su historia. Dulce y valiente al mismo tiempo. Sensible y sensata. Encuentra su propia poesía hasta en las cosas más sencillas como acurrucar a su perro o levantar una flor que se cayó en su jardín.

Es la de “Puerto Pollensa”, “Casi sin querer”, “Escaleras mecánicas”, “Soles”, “Como mis padres” y “Mis hijos naturales”, entre tantas canciones. Todos esos temas y otros más, hasta contar 30, serán el repertorio de Uno + Uno, un homenaje a su trayectoria que compartirá con grandes intérpretes el 8 y 9 de diciembre en el Opera. Ese es el motivo principal por el que decidió volver a abrir la puerta de su casa. Se quiere despedir.

“Esto se le ocurrió a Sandra Mihanovich, que me veía sin hacer nada. Me impulsó a hacer algo y lo organizó. Convocó a Patricia Sosa, Julia Zenko, Claudia Puyó y Paula Almerares, todas acompañadas por Angel Mahler para cantar mis canciones. Sandra y yo también cantaremos. Yo, pocas. Repartidas entre tanta gente talentosa me tocan cinco. Me quedé con ‘El payaso del amanecer’, ‘Se puede’ y, entre todas, haremos ‘Puerto Pollensa’, ‘Soles’ y ‘Danza’”, explica Marilina con una discreta felicidad en esos ojos enormes. Claro, es fácil de entender que esas gigantes de la canción melódica comprometida, todas juntas, se llevarían muy bien con los decires de este símbolo del mundo artístico argentino que aúna música, cine, teatro y televisión. “Cada cual eligió la canción que quería. Bueno, hubo peleas por ‘Puerto Pollensa’. Todas querían hacerla –comenta muerta de risa-. Pero lo resolvimos repartiéndola entre todas”.

Es que ese clásico que cuenta la desenfrenada historia de amor que alucinaba a un gordito de gafas es de esas letras difíciles de olvidar desde el comienzo hasta su final. En su último disco-libro Más que un sueño se atrevió a adaptarla a ritmos flamencos.

“Para mí es una alegría muy grande escuchar mis canciones bien cantadas. Me da mucho placer escucharlas. Ya lo hicimos en La Plata y nos quedamos con ganas de volver a hacerlo, por eso lo repetimos en Buenos Aires”, explica.

-¿Le costó convencerte a Sandra?

-Un poco. Porque, desde hace años, me estoy retirando de a poquito, sin que se note… en realidad para que yo no me de cuenta.

-¿Por qué esa retirada a paso lento?

-Por problemas de salud. Tengo enfisema y eso dificulta mucho mi desempeño. Ya no disfruto tanto estar sobre el escenario porque no llego con el aire, no me puedo mover, tengo que sentarme… por mil cosas, no lo disfruto como antes. Entonces ya decidí irme silbando bajito.

-¿Pero se extraña?

-Sí, mucho.

-¿Cómo hacés para tapar ese vacío?

-A través de mi blog (http://marilinarossoficial.blogspot.com). Escribo mucho. Además, edito los videos y los posteo yo misma. Ahora me ocupo casi exclusivamente a eso. Lo hago sentada, no me canso y está muy bueno.

-¿No pensaste en un libro con todos esos escritos?

-No sirvo para eso. Escribo lo necesario. Y mi vida ha sido tan contada… En cuanta canción mía está mi vida. Ahí no miento. En algunos reportajes tampoco miento. En algunos –recalca-. Ya no podría aportar demasiadas novedades.

-¿Ya no pensás en canción entonces?

-Siempre compuse porque tenía una gran necesidad de hacerlo. Eso ya no me está pasando últimamente. No me viene esa urgencia de dejar hecha una canción. Pienso más en cómo se hace un karaoke, me pongo, lo saco y lo subo al blog. Me gusta más ir hacia cosas distintas, nuevas. La búsqueda, más que lo recorrido. Eso de durar y transcurrir no nos da derecho a presumir.

-No salís mucho…

-Es verdad, estoy muy casera. Me agobia ya salir. No me puedo mover mucho, me fatigo y me tengo que sentar enseguida. Eso es bastante incómodo. Tengo la mitad de los pulmones funcionando. Lo mejor que me puede pasar es que el enfisema no avance, que se detenga aquí donde está. Hasta ahora lo estoy deteniendo. Tengo lo que tenía Sandro.

-¿Tenías una relación estrecha con él, verdad?
-No nos veíamos muy seguido, pero sí teníamos relación. El estaba mucho peor que yo. Pero se tomaba todo en joda. Me decía: “no tenés nada, dejate de embromar”.

-¿Cómo ves a la Argentina hoy?

-Creo que estamos pasando por un muy buen momento en el país. Se están llevando adelante los juicios, de buena manera, con altura y con seriedad. Era algo que estaba pendiente y era necesario que sucediera. Estoy muy de acuerdo con este momento del país. Sufrí mucho la muerte de Néstor Kirchner. Era bastante seguidora de él y lo soy de Cristina. Estoy muy de acuerdo con sus formas de gobierno.

-¿Te sentís atacada por ser oficialista?

-Siempre habrá alguien que nos critique, pero yo soy peronista de toda la vida. Esto no es nuevo y es bien conocido por todos. Y los Kirchner son peronistas.

-¿Cuál es tu refugio?

-Esto: mi casa, ver películas, escuchar música o charlar. Las charlas me gustan mucho. Suelo invitar amigos a comer.

-Bueno, no estás sola…

-No, para nada. Además, estoy con una relación muy linda de pareja desde hace un par de años.

-¿”Un par” son dos o estamos disimulando más?

-Bueno, sí un poquito más… tal vez diga “un par” para quitarle importancia.

-¿Te casarías ahora que se puede?

-No, no, no… A mí los compromisos me ponen muy nerviosa. Me sacan urticaria. Ningún compromiso. El aquí y ahora es lo más importante que tenemos. El lazo es el corazón.

-¿Qué pasa con la actuación?

-Siento que cerré los puntos suspensivos...

-Cerraste la puerta...

-¡Me la cerraron de un portazo en aquellos años! Cuando regresé me dediqué a la música porque me hace mucho más feliz.

RECITAL UNO + UNO

Recital homenaje a Marilina Ross. Con Marilina Ross, Patricia Sosa, Julia Zenko, Sandra Mihanovich, Claudia Puyó y Paula Almerares. Dirección musical y arreglos: Angel Mahler. Músicos: Dolores Stabilini, Carlos Di Palma, Emanuel Mahler, Daniel Cesano y A. Mahler. Producción: Leo Cifelli. En el Opera. Ayer y anteayer. Duración: 130 minutos.

Meter las narices en Uno + Uno , el show que ayer y anteayer hizo Marilina Ross con un seleccionado de voces femeninas de la música popular, fue como ser voyeur de una fiesta de amigas cantantes. Allí, sobre el escenario del Opera, a un costado, un living, con mesita, vino, agua, panderetas, algunos otros elementos de percusión y micrófonos desparramados por todos lados. En él, descontracturadas, como en su casa, hacía lo que quería un grupo de locas divinas que se reunieron para celebrar la poética de una hermana mayor. Ellas son Sandra Mihanovich, Julia Zenko, Patricia Sosa, Claudia Puyó y la soprano Paula Almerares. El conjunto hizo que las más de mil personas que vieron cada show se sintieran bendecidas por tanta espontaneidad y "buena onda", de la mano de tanto talento.

Treinta canciones y algunas yapas compartió Marilina con sus colegas, además de interpretar ella solita unas pocas, con su jerarquía intacta. Allí estuvo Julia Zenko, con esa afinación perfecta combinada con una simpatía superlativa, para interpretar "Quereme, tengo frío", "Voy a hablar de mi amante" y "Aquí y ahora". Y Sandra Mihanovich, con esa voz potente, vestida de dulzura, que embelleció "Un domingo lluvioso", "Puente invisible" o "Mis hijos naturales". Las dos son bellas sobre el escenario, en personalidad y talento. Pero sus compañeras marcharon por la misma senda de excelencia. Patricia Sosa impuso su marca y su estilo en un puñado de temas y sensibilidad en esa bellísima canción que es "Señores, se cierra". Pero el dúo con Claudia Puyó en el "Blues del encuentro" fue de los mejores momentos del show. A su vez, esta última le puso el tinte rockero a la noche con una espléndida versión de "Basurero nuclear".

Paula Almerares fue la figura de la lírica que se atrevió a "intervenir" este living escénico de primeras figuras de la música popular en "Con el agua en la boca" y "Este amor, mi amor". Aunque demostró que es una de las mejores voces argentinas, se la veía claramente como la "invitada" en ese grupo de mujeres a quienes realmente se veía divertirse y morirse de risa entre ellas.

"¿No éramos nosotras solas?", bromeó Sandra Mihanovich cuando Ale Sergi y Juliana Gattas, de Miranda!, intervinieron el "Quereme..." de Julia Zenko. También hubo otra figura invitada que compartió intimidad y emoción con Marilina: Lucía Galán. Compartieron "Carta a papá" y una hermosa versión de "Como mis padres". Hubo más dúos (inolvidable el "Casi sin querer" que compartieron Sandra y Marilina) y coros impecables (el comienzo con "Danza" fue estruendoso). Esas voces repartidas en "Soles", "Honrar la vida" o jugando a que se pelean por cada frase hermosa de "Puerto Pollensa" son dignas de ser escuchadas más de una vez.

Por su parte, Angel Mahler conoce muy bien a estas damas y supo hacer los arreglos adecuados para cada tesitura y, sobre todo, para cada personalidad.

Uno + Uno fue un homenaje afectivo a una figura de la canción, una fiesta con toda la alegría que implica esa frase y, sobre todo, una caricia al alma tanto de Marilina como de todos los que allí estuvieron presentes.

miércoles, 13 de abril de 2011

La topadora Disney, en Broadway


Scarlett Strallen y Adam Fiorentino, como Mary y Bert

La división teatral de la megacompañía se unió con Cameron Mackintosh para llevar a escena la historia de la niñera mágica de Londres




(Nota publicada en La Nación, el 2 de agosto de 2009.)

Por Pablo Gorlero

Enviado especial

NUEVA YORK.- Los efectos especiales en el teatro musical se fueron afianzando de a poco. En 1981 el público se sorprendía con el neumático que ascendía hasta "el edén sideral", en Cats ; cinco años después aplaudía a rabiar la araña de El fantasma de la ópera ; y en 1989 se impresionaba con el helicóptero que aparecía en escena, en Miss Saigón . Pero tenía que irrumpir la topadora Disney para dejar a todos pequeñitos en su ambición. A principios de los años 90, la compañía creó su división teatral para lanzar una artillería de artilugios escénicos y efectos especiales con La Bella y la Bestia . Tan espectacular como barroca, fue un éxito que comenzó en 1994, estuvo 11 años en Broadway y hoy en día tiene 5 compañías en el mundo. El siguiente proyecto que cobró vida de esa fábrica de ideas es el mejor: El rey león , en 1997. El ingenio de Julie Taymor plasmó en escena una de las obras musicales más impresionantes. Hoy continúa en cartel y es la tercera obra más vista en Broadway, está en los primeros puestos de Londres y tiene ocho compañías en América, Europa y Asia. Le siguieron El jorobado de Notre Dame (1999), en Berlín; Aída (2000), Mary Poppins (2004), Tarzán (2006), La sirenita y High School Musical (2007). Lo interesante de Disney es cuando todo ese artilugio lo pone en función del hecho artístico y es lo que ocurre en Mary Poppins , uno de los mejores montajes que pueden apreciarse hoy en día en esta ciudad.

Esta gran comedia musical es el primer espectáculo que coproducen Disney y Cameron Mackintosh, algo así como el emperador del musical en materia de producción ( Los miserables, El fantasma de la ópera, Cats , etc.). Es una vieja idea de Mackintosh que le llevó 25 años plasmar. El libro de Julian Fellowes no está basado en la película de Walt Disney, sino en las historias originales de P. L. Travers, la escritora británica que creó el personaje en 1934. Así fue que Mackintosh decidió tomar algunas de esas historias que Travers escribió e incorporarles las canciones que los hermanos Richard M. y Robert B. Sherman hicieron para la película de 1964 (film que no la convenció del todo). El productor logró combinar estas historias para volver a las conocidas canciones más funcionales al hecho dramático, en sentidos distintos a los de la película. El libro fue escrito por Julian Fellowes, y el productor le encargó nuevas canciones a George Stiles y Anthony Drewe. Se tardaron tres años en concebirlo, pero apenas se estrenó en el West End, el público británico la amó. A Broadway llegó en noviembre de 2006 y, aunque no es una de las obras más requeridas del circuito, podría decirse que está consolidada.

Tomó el escenario que reabrió El rey león , en 1997 (hoy en otro teatro): el Amsterdam Theatre, uno de los más hermosos de Nueva York. Barroco y rococó por donde se lo mire, en él todavía se respira la vitalidad que durante muchas décadas supo darle el gran Florenz Ziegfeld, padre de la revista norteamericana. Mary Poppins es una obra que pueden disfrutar de igual modo chicos y grandes. Pero aquellos que quieren encontrar una versión teatralizada de aquel clásico cinematográfico, tal vez se desilusionen un poco. El argumento, en líneas generales, es el mismo, pero las situaciones, las diversas subtramas y algunos personajes son muy distintos. Aquí los chicos Banks son mucho más rebeldes que los ingenuos de la película; su padre, el señor Banks, se debate entre ayudar a un acaudalado banquero a prosperar en sus negocios o a un pequeño emprendedor que no ofrece garantías; y Winifred no es una dama sufragista sino un ama de casa rica que no sabe muy bien cómo ser una buena madre y esposa.

Pero están las canciones más conocidas: "A Spoonfull of Sugar", "Supercalifragilisticexpialidocious" (con coreografía para aprenderse), "Chim-chim-cheree", "Feed the Birds" y "Jolly Holiday"; y hay otras preciosas como "Practically Perfect" o "Anything Can Happen". La espectacularidad está puesta en la escenografía y en los vuelos. La mansión de los Banks puede elevarse o descender para mostrar el cuarto superior de los chicos, la planta baja, el sótano o el techo. A su vez, uno de los cuadros que despierta mayor admiración es el baile de los deshollinadores ("Step in Time"), con unos virtuosos arreglos musicales. El tap y la percusión allí son más hermanos que nunca, la coreografía ruge y el público se queda perplejo cuando Bert camina por la pared y termina su "gracia" zapateando y cantando cabeza abajo. Y la emoción está puesta cuando Mary Poppins acaricia el alma de los espectadores volando, tierna, sobre sus cabezas.

Scarlett Strallen es encantadora como la mágica niñera y enriquece esa imagen que uno tiene de Julie Andrews, y Jane Carr compone a una nana tan odiosa como graciosa. Pero aunque el australiano Adam Fiorentino sea talentoso como bailarín y cantante está a kilómetros de distancia de la gracia que tenía Dick Van Dyke. Las comparaciones son inevitables.

viernes, 25 de marzo de 2011

HUGO MIDÓN



Hoy es un día muy triste
Murió Hugo Midón

Por Pablo Gorlero

“Al agua, pato-pato, como los patos-patos. Al agua, pato-pato, al agua, pez”. Y a bañarse. “Me miro en el espejo, me quiero conocer. Saber qué cara tengo y de qué color la piel”. Y a peinarse. “Soy como una rueda que va por la vereda, doy vueltas y vueltas, rueda que te rueda”. Y a pasear.

Son muchas canciones que los de cuarenta y tantos llegamos a abrazar para aprender y jugar, gracias a Hugo Midón. Ir a ver sus obras era llenarse el corazón de cultura y jugar a lo loco. Todavía recuerdo firme esa imagen de Berugo Carámbula vestido de deshollinador, en La vuelta manzana, cantando la canción de “La nariz tiznada”, con una chica de rulos simpatiquísima (Ana María Cores). Después, firme de la mano, mi viejo me llevaba tarareándola, haciendo equilibrio por el cordón de la vereda, por Santa Fe, a la salida del Regina.

Luego esas canciones, esas enseñanzas se legaban a los más chicos. Y ellos eran la excusa para poder ver Vivitos y coleando en sus diferentes versiones, o El salpicón o Stan & Oliver o Derechos torcidos ya siendo un adulto de muchas afeitadas. Es que Hugo no le hablaba sólo a los chicos que habitaban un cuerpo chico, sino también a los chicos que habitan un cuerpo grande, y a los grandes de cuerpo grande que ya perdieron casi todo lo de chico. Porque te recordaba lo que debías recordar. Era el duende que te hacía cosquillas para que te rías aunque hubieras tenido la peor semana de trabajo. Entonces, sin darte cuenta, mirabas a los chicos de alrededor y te encontrabas igual, a su altura, a su tamaño. “Cantamos el mismo himno, con el mismo corazón. Tenemos las mismas leyes, la misma Constitución. Pisamos la misma tierra, tenemos el mismo sol. Pinchamos la misma papa, con el mismo tenedor. Yo no soy mejor que nadie. Y nadie es mejor que yo, por eso tengo los mismos derechos que tenés vos”. Lo decía en Derechos torcidos, con la música del gran Carlos Gianni.

En muy poco tiempo nos dejaron huérfanos. Nos quedamos sin María Elena y sin Hugo. Es mucho.


lunes, 21 de marzo de 2011

CHITA RIVERA

Nota publicada en La Nación, el 26 de noviembre de 2004

Chita Rivera y Pablo Gorlero, en Buenos Aires -----------------Chita Rivera y Gwen Verdon, en Chicago

Una estrella que brilla con sencillez
Por Pablo Gorlero
Llega a las 7 de la mañana, después de nueve horas de viaje, sonriente y sin el menor rastro de cansancio. Inmediatamente, y sin conocer a casi nadie previamente, reparte besos y abrazos -de esos que aprietan- y accede a charlar con quien se le acerque. Sin soltar a su amiga Valeria Lynch, que la invitó para participar, con una charla, en su 3er Congreso Internacional de Musicales y Operas Rock, en el Hard Rock Café, Chita Rivera demuestra que las verdaderas estrellas son capaces de demostrar humildad. "Estar en la Argentina es un regalo, un remanso", afirma.
Se conocieron en Nueva York, cuando Valeria fue a ver El beso de la mujer araña, antes de su estreno en Buenos Aires. Chita nunca vino al país, pero vio a la artista argentina en videos y no se cansa de elogiarla: "Se adueña del escenario, nunca pasa desapercibida y es magistral".
Hija de puertorriqueños, es una de las grandes luminarias de Broadway y trabajó desempeñando importantes papeles en los principales musicales: Amor sin barreras, Bye, Bye, Birdie, "Chicago", Sweet Charity, El beso de la mujer araña y Nine, entre muchos otros. A su vez, trabajó con los mejores coreógrafos y directores: Gower Champion, Jerome Robbins, Bob Fosse y Harold Prince.
-¿Es consciente de que forma parte de la historia de la comedia musical?
-Eso que me decís es inspirador. Cuando lo que estás haciendo es verdaderamente lo que amás, te resulta increíble haber tenido la suerte de haber sido parte importante de la historia. Aparecí siempre en el momento adecuado en esta carrera. Eso sí, trabajé mucho para lograr todo, ya que nunca nada me cayó de arriba. Pero cuando me veo en algún video, no lo puedo creer porque uno avanza y se olvida de lo que hizo. Habitualmente, se piensa en lo que se está haciendo y lo que se va a hacer.
-Pero a muchos les gusta ese viaje ególatra...
-(Lanza una carcajada) El sentirte parte de la historia es un sentimiento muy reconfortante: un premio.
-¿Se siente un referente?
-Cuando veo a algún artista talentoso bailando en alguna obra y después me lo encuentro a la salida y me dice que hizo todo eso porque lo inspiré o porque quiso ser como yo, me siento grandiosa. Pero a mí también me pasó. Hace muchos años, estaba haciendo un show en California con Liza Minelli y vinieron a vernos Gene Kelly y Fred Astaire. Me quise morir. Estuve muy nerviosa porque no podía creer que hayan venido a verme a mí. Uno no piensa en sí mismo como un gran artista.
-Usted trabajó con los más grandes...
-Sí, pero todos ellos nacieron talentosos. Y algo más importante: todos salieron del coro. Claro, cada uno tiene un estilo diferente que lo distingue. Jerome Robbins fue casi un profesor de actuación que aplicaba el drama al ballet. Era la combinación exacta que precisaba Amor sin barreras. Michael Kidd era más atlético y había que ser acróbata para bailar con él. Fosse era muy intenso, muy prolijo, estilizado y sus movimientos eran muy chiquitos. Te disecaba y le daba vida propia a cada parte del cuerpo. En realidad, su coreografía podría traer problemas de espaldas. (Se ríe.)
-¿No cedía en el momento de la creación?
-Yo le pedí libertad en alguna escena porque me gustaba volar. Así montó mi segundo cuadro en Chicago, el de la silla, que fue mucho más complicado que el de la versión actual. Era un escenario alto y oblicuo, así que las patas delanteras de la silla eran largas y las de atrás, más cortas. Pensé que me lastimaría la espalda, pero me dio absoluta libertad.
-¿A qué atribuye los grandes fracasos actuales de Broadway: a una pérdida del rumbo o a una búsqueda de nuevos lenguajes?
-Es una buena pregunta que me encantaría poder responder. No lo sé. Hay muchos revivals. Los productores no se arriesgan y eso nos conduce a la pérdida de autores y compositores que se dedican a hacer cine o TV. Hay buenos intentos: yo hice uno, The Visit, que se estrenó en Chicago, y en la que participaron nombres como John Kander, Fred Ebb, Terrence McNally, Ann Reinking, Frank Galatti, John McMartin y yo. Era una obra oscura, pero fantástica. Fue un gran suceso, pero de pronto aconteció el 11 de septiembre y todo se detuvo. En definitiva, no se arriesga en el teatro.
-¿Cuál es la razón?
-El dinero. Es vergonzoso. Los productores dicen que si una obra no funciona de maravillas en una gira, no es comercial. Creen que la gente quiere ver estrellas. Están equivocados. No entiendo por qué no renuncian a ganar tanta plata y hacen buenas obras originales. Lo necesitamos.
-¿Se puede hacer un musical sin una gran producción?
-Claro que sí. Se pueden hacer cosas con un número decente de gente, si la música y el libro son buenos. Su regreso
En 2005 estrenará un nuevo espectáculo autobiográfico escrito por Terrence McNally, con ocho bailarines y un grupo de músicos, dirigidos por la coreógrafa y directora argentina Graciela Daniele. Allí repasará su vida, desde su niñez hasta ahora. "Era muy machona; me trepaba a los árboles y rompía todo. Por eso, mi mamá me llevó a estudiar danzas", rememora.
-¿Cuál de sus trabajos recuerda con mayor cariño?
-Es como si tuviera diez hijos y me preguntases a cuál prefiero... No se puede responder. Fue grandioso compartir un escenario con Dick van Dyke (Bye, Bye, Birdie), pero también lo fue con Antonio Banderas (Nine) o con Brent Carber (El beso...).
-Pero en cada nota siempre recuerda con mucho afecto a El beso de la mujer araña...
-¡Qué obra grandiosa! Me encantó porque es una historia de amor fascinante, con textos fabulosos. Fue muy inteligente el modo en que se le hacían ver al espectador las diferencias entre las personas y cuánto se puede aprender de ellas para transformarnos en gente más comprensiva. ¡Qué mejor que tener dos hombres que se mueven en un espacio muy pequeño, donde deben protegerse siendo tan distintos! Es la mejor descripción de una historia de amor. Observé cambios en la gente al ver esa obra.
-¿Harold Prince es el mejor director en la actualidad?
-Creo que es un arquitecto: tiene una visión abarcativa de cómo va a quedar el escenario. Una vez que hacés la escena, observás la foto y te quedás boquiabierto.
-¿Cómo fue su experiencia en la obra argentina Venecia, de Jorge Accame, que hizo en Broadway?
-¡Qué bien me hace que me lo preguntes! Me gustó mucho, pero no duró lo suficiente. Me enorgulleció hacer ese papel de la vieja. Es un texto muy imaginativo y la gente lloraba muchísimo sobre el final. El fracaso de esta magnífica obra fue una de las dos grandes decepciones de mi vida. La otra es La casa de Bernarda Alba. Tuvieron grandes críticas, pero la gente no vino.
-¿Cómo hace para sostener la humildad, siendo una estrella?
-Sabiendo que no podés vivir ni hacer nada sola. Necesitás todo lo que te hace saber que estás vivo. Y lo más importante es que hay alguien más grande y supremo: Dios. Una vez llegué a Vancouver por la noche y estaba todo oscuro. Por la mañana, corrí las cortinas y me encontré con un lago azul, árboles y montañas enormes con picos nevados. Me sentí muy chiquitita. No recibís nada, si no das.
Chita Rivera
Rob Ashford, en Buenos Aires
Entre los participantes en el 3er Congreso Internacional de Musicales, que organizan Valeria Lynch y Mariana Letamendia, se encuentra el coreógrafo estadounidense Rob Ashford, ganador de un premio Tony.
Cuando vino por primera vez a la Argentina, en 1996, para coreografiar El beso de la mujer araña, se enamoró del país y de su gente. Volvió cinco veces. "Descubrí gente apasionante y tengo grandes amigos como Valeria y Sandra Guida. También tengo otros amigos argentinos que ahora viven en Nueva York. Casualmente anoche, estuve con Gustavo Wons, que trabaja en El violinista en el tejado".
Ashford trabajó en musicales como Anything Goes, Crazy for You, Kiss Me, Kate, Seussical y fue el coreógrafo de Thoroughly Modern Millie y The Boys from Syracuse. "Me gusta que el baile sirva para contar una historia, no solamente para crear el ambiente adecuado. Es decir, si sacás el baile, la historia no tiene sentido. Muchas veces, los coreógrafos sólo crean una atmósfera en lugar de contar historias", afirma.
Tiene muchas ganas de quedarse en la Argentina para dirigir o hacer coreografías. "Lo estoy hablando con Valeria. Deberíamos hacer Víctor-Victoria". Como su compañera Chita, también arremete contra los productores: "Muy pocas obras de Broadway son piezas de arte. Todos tienen en mente la parte comercial. Esto no es bueno. Hay musicales más experimentales en el circuito off que son muy buenos. Estoy trabajando en Smarty, una historia simple y dulce que no requiere nada grandioso y no necesita de estrellas. El dinero está matando al arte", explica.
Algunos de sus trabajos
Can-Can (1953), dirigida por M. Kidd, como reemplazo en el coro.
Mr. Wonderful (1955), coprotagonista, con Sammy Davis Jr.
Amor sin barreras (1957), como Anita, dirigida por J. Robbins.
Bye, Bye, Birdie (1960), protagonista, con Dick Van Dyke.
Sweet Charity (1967), protagonista en gira, dirigida por B. Fosse.
Chicago (1975), como Velma Kelly, dirigida por Bob Fosse.
El beso de la mujer araña (1995), dirigida por Harold Prince.
Nine (2003), con Antonio Banderas, como Liliane LaFleur.

sábado, 5 de marzo de 2011

Directo a las emociones

LA POESÍA PUEDE ESTAR EN EL AGUA




O: EL CIRQUE DU SOLEIL EN LAS VEGAS


Pablo Gorlero
Enviado especial

LAS VEGAS.- Eso de que el teatro es irrepetible, que ninguna función es igual a la otra, que no es sempiterno como el cine es real. Sin embargo, algunos espectáculos son tan potentes, tan efectivos, que difícilmente se borren de la memoria de sus espectadores. Quedan sellados para siempre, aunque sea en instantes, en imágenes, en sensaciones. Es lo que, sin dudas, puede provocar O , uno de los más bellos espectáculos del Cirque du Soleil.
Esta ciudad que se asemeja a un gran parque temático con mucho tránsito tiene en el Bellagio uno de sus más imponentes y lujosos hoteles. No es temático como muchos de ellos. Su concepto podría decirse que es el lujo extremo. En su interior, uno de los siete espectáculos que el Cirque du Soleil tiene en Las Vegas: O . Fue el primero de la compañía quebequense en Las Vegas y el décimo de su producción (se estrenó en 1998). Se dice que el hotel invirtió 100 millones de dólares en la construcción del teatro de 1800 butacas que alberga a O (sonido fonético de la palabra "agua", en francés), con un escenario de muchos metros de profundidad, que al abrirse deja al descubierto una enorme piscina de casi seis millones de litros de agua.
O es una ilusión constante. Desde el segundo en que comienza, la parafernalia creada por Guy Laliberté pone un halo de fascinación, sobre el público, del cual es difícil salir. Imposible sostener el foco de atención en una sola cosa. Permanentemente ocurren situaciones, en todo el arco de visión del espectador. Gente que "vuela", unos que simplemente se deslizan por el aire, otros que parecen flotar, algunos que caminan, corren o bailan, y muchos que se sumergen, bucean, desaparecen y emergen para, sencillamente, caminar sobre el agua.

Extraña, hipnótica, esta propuesta tan brutalmente teatral conduce hacia un mundo onírico en el que cada uno de sus componentes destella poesía. En esa dimensión surrealista se mueven acróbatas, músicos, nadadores, clavadistas, cantantes y actores. El montaje trabaja en forma permanente varios planos, siempre con un foco de atención central. Sólo que lo periférico puede ser casi tan o más fascinante que cada acto protagónico. Porque si ese galeón casi fantasma que se mece por el aire y sobre el cual corren, saltan y se deslizan una docena de acróbatas es sorprendente, no lo son menos esas náyades que trazan figuras en el agua, crean texturas y sacuden el alma. En O , un piano puede aparecer desde la profundidad para volver a desaparecer en ella, o un grupo de sombras que deambulan en un ritual mortuorio, con una cortina de música étnica, pueden crear esa sensación de correr sobre el agua, o un lector de la realidad puede quemarse durante un largo rato para seguir leyendo y caminando cubierto de fuego. Y qué decir de los payasos de O que sin palabras, con gags tan dulces como efectistas, logran decir que con afecto se puede abatir hasta la peor tormenta.
Si algún día tiene la suerte de pasar por Las Vegas, prohíbase no entrar a ver este espectáculo. Y si no tiene esa suerte, siempre está esa ventanita amable que puede ser YouTube.

jueves, 17 de febrero de 2011

Raúl Domingo Gorlero



Mi viejo nació hace 89 años, un 17 de julio, en un Buenos Aires joven, reluciente y pretencioso. Era del Centro. Primero en la calle San José, luego a Talcahuano y Corrientes. Sus zapatos guillermina corrieron detrás de pelotas de trapo por los empedrados que circundaban a las plazas Lavalle y de los Dos Congresos. Era hijo de Maruja, una inmigrante gallega, muy gallega, de una pequeña aldea llamada Fene. De esas gallegas luchadoras que, con esfuerzo, logró regentear un pequeño hotelito. Raúl, su padre, pertenecía a la aristocracia porteña, hijo de inmigrantes genoveses. Primero un transgresor enamorado que se atrevió a casarse con la gallega pobre; luego, un cobarde que huyó bajo las faldas de los dictámenes familiares. Pero mi abuela se las arregló y lo crió sola. Como buena gallega fuerte.
Así creció mi viejo, primero de pupilo en un colegio hasta que su madre pudo abrazar un pasar económico estable; luego, como un buen estudiante del Otto Krause, amante de la química industrial, actividad en la que se desarrolló luego. Mamó de chico la sencillez y no pensaba demasiado lo que iba a decir. A veces la embarraba, otras veces esos decires tenían una dulzura inocente, instintiva. Asi, en 1952, conquistó a Fina, una tucumana hermosísima, algunos cuantos años menor que él. Aunque en su primera cita se presentara con un traje a rayas, un sombrero y unos zapatos que no combinaban. Y lógico, la flor en el ojal. A ella le gustó su simpatía, su sonrisa... e imaginó esa presencia de galán de barrio en un traje más "ubicado".
Era un caballero. La cercanía con los teatros, los cines y todos esos sitios que hacían de Buenos Aires una París moderna lo impulsaban a llegar siempre a su casa con dos entradas en la mano. Podía aparecerse con flores o una caja de marrón glacé. Luego, de riguroso traje, llevaba a Fina a tomar un copetín a la Jockey, a la Richmond o al Chantecler. Esos copetines de antes, con unos veinte platitos que podían contener desde caracoles hasta papas fritas. Luego, al cine o al teatro. Y, finalmente, a cenar… y si era posible, con orquesta típica.
Una vida linda. Se casaron y tuvieron una hija, María Elena, mimada por sus padres y su abuela. Se agregaba un integrante a la familia, pero los rituales seguían siendo los mismos. Para quienes lo conocieron, Raúl era el tipo más generoso del mundo. Tanto que a veces se gastaba buena parte de su sueldo en regalos y, parte del mes, había que restringirse al máximo.
Aunque quisieron tener unos cuantos hijos más, no pudieron. Pasó el tiempo, unos 13 años del nacimiento de María Elena, y llegué yo. Así por milagro. El año en que Raúl tuvo la pena más grande de su vida: la pérdida de su amada madre.
Allí su pelo se volvió blanco. Así lo conocí siempre.
Viajaba mucho. Por eso aprendí las ventajas y las desventajas del “extrañar”. Cada regreso era de una felicidad indescriptible. Quería estar todo el tiempo con él. En cada regreso, un libro. Por eso, a fuerza de voluntad, me hizo aprender a leer y a escribir a los 5 años. Recuerdo que estaba con él y mi madre, en la mesa de la nuestra cocina, cuando escribí mi primera palabra: “Celusal”. Claro, fue por copiar la marca de la sal de mesa, pero a partir de ahí, él mismo me ayudó a comprender el abecedario.
Cada vez que regresaba del trabajo me traía una golosina y, casi siempre, era un chocolatín Jack. A él le encantaban las sorpresas. Entonces, cada tanto, me desconcertaba y traía algo distinto.
Tengo un día imborrable. A los cuatro años, yo estaba en nuestra cocina con Fina y él llegó del trabajo, con esa sonrisa enorme y esos dientes “conejito” que lo hacían adorable. Me entregó un paquete en papel madera, mucho más grande que mis manitos. Lo toqué con cuidado y su forma era irregular. No lo rompí enseguida (una de las virtudes que adquirí de mi viejo fue desconocer la ansiedad). “¿Qué es?”, le pregunté con mi vocecita de pito. “Rompelo”, me dijo. Ahí fue cuando clavé mis dedos en el paquete de papel madera y, de él, cayeron decenas de muñequitos de cada uno de los personajes de Walt Disney. Se tomó el trabajo de comprarlos a todos. Desde Mickey, Minnie y Donald, hasta el Capitán Garfio, Bambi y Tambor (mi favorito). Eran decenas. Jugué con ellos por siempre. Conservo aún algunos. Fue el regalo más lindo que me hicieron en mi vida.
A veces jugábamos a los bolos en el largo pasillo de casa; o me llevaba a andar en patines o en bicicleta a Palermo (en la “nueva” línea D de subte). Pero no era muy de sentarse al piso a jugar conmigo. Él se preocupaba por que tuviera todo lo que me hiciera feliz y me sirva para desarrollar mi imaginación y mi educación. Si veía que se me terminaban los crayones o los lápices de colores, ahí iba por más. Asimismo era el proveedor constante de hojas en blanco para que pueda escribir o hacer mis cientos de dibujos diarios.

Afiligido por mi amor a los animales y la imposibilidad de tener un perro o gato porque mi vieja no quería, me trajo a Nicky, mi primera mascota: un conejo. Ese mismo año, en el jardín, tenía que actuar de conejo. Yo quería ser un conejo verde y mis padres me dieron con el gusto. Fui un conejo verde. Lógicamente, mis compañeritos (todos impecables conejos blancos) se rieron de mí. Incluso algunas de sus madres. Mi viejo me dijo: "No te preocupes. Eras el conejo más lindo. Todos los demás, eran iguales".
Fue el gran “acompañador”. Siempre de la mano, al colegio, al club, a natación, a guitarra, a la plaza, al teatro… ¡al Luna Park! Sobre sus hombros, en el gallinero del Luna, vi la pelea entre La Momia y Karadagián, en 1972. Él hizo que mi amor por el teatro crezca más y más. “La jirafita azul”, en el San Martín… los títeres de Mané Bernardo y Sarah Bianchi…
Te llevaba caminando a todos lados. Le encantaba caminar cuadras y cuadras. A mí me encantaba hacer trámites con él por todos lados. Salíamos de hacer uno y yo le preguntaba: “¿Y ahora a dónde vamos?”. Y seguíamos nuestro rumbo. Me sentía importante haciendo trámites. Y más importante cuando me llevaba al trabajo (ese bello palacio de Obras Sanitarias, de la avenida Córdoba) y me convertía en la atracción, en “el hijo de Gorlero”.

Había algo de él que me avergonzaba. Cuando iba por la calle, cantaba. Pero cantaba en voz alta. Casi siempre, tangos, o alguna otra canción de su época. Sino, en casa, inventaba canciones. Uno decía una palabra y, de esa palabra, inventaba una canción y robaba alguna melodía. Le encantaba cantar. Cuando cocinaba cantaba, cuando preparaba esos desayunos que nos traía a la cama y cuando iba a hacer las compras. De chico me daba un poco de vergüenza pero, de inmediato, me engañaba y me sumaba a la causa. De pronto, nos encontrábamos los dos cantando alguna canción de María Elena Walsh. Hoy en día me parece tan lindo haber tenido un papá que cantaba por la calle en voz alta sin importarle qué decían los demás.
Odiaba su gusto por las películas de vaqueros, de romanos y musicales. Pero las veía todas, para hacerle compañía. También compartíamos juntos cada programa de Titanes en el ring o cada capítulo de Bonanza, Cumbres borrascosas y de El increíble Hulk, ahí desparramados en su cama. A veces, incluso, la hacíamos partícipe a mamá. Nos peleábamos por política. Él era militante peronista, yo era un sucio gorila que defendía a Lanusse, sólo para llevarle la contra.
Para mi viejo nada tenía sentido si no había justicia. Por eso recuerdo sus enojos y sus broncas cuando algunos de sus compañeros del sindicato se enriquecían con impunidad y él se obstinaba en seguir sus principios de igualdad. Ese desapego por el dinero muchas veces me enojó, pero otras me enorgulleció. Como cuando rechazó la herencia de su padre (que prácticamente había desaparecido de su vida) porque no quería tener ni un centavo de él. “Cuando lo necesitamos con mi madre, él desapareció”, decía.
Pocas veces lo vi llorar. Una de ellas fue cuando murió Perón y otras dos fueron cuando mi vieja y yo estuvimos enfermos.
Otro recuerdo imborrable: él y mi mamá muy bien vestidos y felices para acompañarme a mi primer día de clases, en primer grado. Allí estaba yo, también contagiado por el entusiasmo, con mi uniforme del colegio La Salle. Mi papá tenía en sus manos, su regalo: el maletín Primicia, con los mejores útiles escolares adentro. Y, lógicamente, un chocolatín Jack. Lo abrí y gran sorpresa: era Don Quijote. Pero no era una alegría literaria sino absolutamente frívola. Eso indicaba que la colección de Titanes en el Ring comenzaba a salir en el Jack. Mi viejo feliz también. Recuerdo muy bien esa foto: entrando al La Salle, por la calle Tucumán, y ellos saludándome en la puerta con un beso.

Le encantaban las celebraciones populares. De muy chico, me llevaba a las quemas de San Pedro y San Pablo, y a los corsos porteños. Las quemas a mi vieja le encantaban (luego dejaron de hacerse porque las consideraban peligrosas); pero odiaba el corso. “Cosa de negros”, decía. “Seremos negros entonces”, replicaba mi viejo. Y ahí emprendíamos nuestra divertida aventura de espuma y tamboriles nosotros solos, hasta llegar cansados y muertos de risa a casa para disfrutar de la comida que preparaba Fina.

No era el viejo amigo. No indagaba en tu vida. Pero acompañaba permanentemente. Ferviente amigo de mi perro y cuidador suyo cuando yo no estaba, era capaz de caminar cuadras y cuadras con él. Así como, en su vejez, estuvo siempre dispuesto a ayudar en trámites o cuestiones varias.
Mi viejo era un señor pelado, de cabello canoso, pintón, con un bigote que le daba una personalidad que imponía respeto… hasta que sonreía. Ahí era la imagen viva del tipo más bueno del mundo. Era el que abría la puerta de su casa a todos y que convertía en sobrinos a visitantes frecuentes o en hijos a los sobrinos que se quedaban en casa. La ley en casa era “igualdad”. Su ley era: si hay un pan, se puede partir en varios pedazos. Si tenemos un techo, puede guarecer a otros.
Él no conocía la maldad. No la entendía. Si alguien le hablaba mal de alguna persona, se quedaba callado, con cara de no comprender.

Raúl daba besos pero más le encantaba recibirlos. De viejo, ponía la cabeza o la cara y cerraba los ojos. Lo que le gustaba mucho a Raúl era tomarte la mano. Hasta lo hacía cuando ya éramos grandes. Ahora entiendo por qué. Esa sensación de protección permanece. Es imposible borrarte su mano de tu mano. Desde lo físico es el sello que nos dejó.
Desde lo interno… nosotros. Somos lo que hicieron Fina y Raúl. Por eso, aunque su risa enorme, sus ojitos tiernos y llenos de años y su andar rápido no estén ya al alcance de nuestra vista, habita nuestro cuerpo, nuestra alma.
No voy a ser melodramático, sólo quiero recordar algo maravilloso que vi en una obra de teatro (¡cómo enseñan los dramaturgos!). Era una infantil de Maeterlink, El pájaro azul, una obra que dirigía mi amiga Ana y en la que actuaban mis amigas Floria y Mónica. Allí, Floria y otro actor interpretaban a los abuelos de los chicos protagonistas. Los chicos andaban por un mundo de ensueño buscando al pájaro azul de la felicidad. Llegaban a un bosque, divisaban una cabaña y de ella salían sus abuelos. Los chicos saltaban de felicidad aunque uno de ellos les preguntó: “¿Pero ustedes no estaban…?”. La abuela no le dejó continuar la pregunta. Jugaron, cantaron, bailaron y se divirtieron hasta no dar más. Luego, la abuela les dijo que se tenían que ir, que ellos no eran de ahí…. Pero que podían visitarlos cuando quisieran para pasar un buen rato, y para eso sólo era necesario recordarlos con el corazón.