lunes, 28 de septiembre de 2009

Recuerdos de los cines Real y Los Angeles

(Ampliación de la columna Apuntes, publicada en La Nación el 28 de julio de 2009.)

Los dibujitos en continuado eran fantásticos. De chico vivía en Talcahuano y Corrientes, por lo tanto, los teatros y los cines eran mis destinos favoritos de salida. Los más visitados eran dos: el cine Real y Los Angeles. El primero estaba en Esmeralda 455, casi esquina Corrientes, en la cuadra del Maipo; el mismo en el que se estrenó la primera película argentina sonora: Tango, en 1933. Allí daban una tras otra, en funciones continuadas, películas de la MGM, o cortos animados de la Warner y United Artists, entre otros, con personajes, como Tom y Jerry, Popeye, Bugs Bunny, Porky, El Correcaminos y el Super Ratón. Era pasar tardes enteras allí, hasta que llegara la hora de la leche, o sea, de volver a casa. Recuerdo muy bien que en sus palcos avant-scène había unas enormes siluetas de madera de personajes de Disney y de la Warner, como si estuvieran presenciando la función. Cerró en 1996 y, dos años después, ya era una playa de estacionamiento. Cada vez que paso por su puerta me sorprende la congoja.

Pero la visita al cine Los Angeles siempre fue exclusiva. Yo siempre miraba para arriba, esa marquesina enorme que decía, en vertical: "Unica sala en el mundo consagrada a Walt Disney". Faaa... Para mí, fanático del creador de Mickey Mouse, era un orgullo. Y allí iba, alternativamente, con mis padres, mi tía, mi hermana o con algún amigo a ver los cortos de Donald, Mickey y Goofy, o esos largometrajes que ilustraron mi infancia, como Dumbo, Los aristogatos, La noche de las narices frías (así le decíamos a 101 dálmatas ), Mary Poppins, Travesuras de una bruja (ahí me enamoré de Angela Lansbury), Peter Pan, La dama y el vagabundo, Cenicienta o Blancanieves y los siete enanitos, entre tantas otras. Claro, se veían en continuado también.

Terminaba la proyección y muchos chicos nos quedábamos a verla otra vez, mientras nuestras madres se iban a preparar la comida. Se podía. Estaba buena nuestra infancia. Por eso, volver a tener al gran Los Angeles con múltiples salas de teatro y de cine, vuelve a ser un orgullo. Sólo resta esperar un favor más: que saquen ese espantoso Burger King de la plata baja. Testimonio de un porteño cuarentón.

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