lunes, 23 de abril de 2012

Crónicas de Broadway 1

Fotos: Paul Kolnik (Lincoln Center)

WAR HORSE, EN EL LINCOLN CENTER

El montaje, importado de Londres, cruza en

forma magistral diferentes lenguajes estéticos


Por Pablo Gorlero

Fotos: Paul Kolnik (Lincoln Center)

NUEVA YORK.- "La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que los animales son tratados". Esa certeza la dijo alguna vez Mahatma Gandhi y, de algún modo, es leitmotivdel grandioso montaje de War Horse ( Caballo de guerra ), que se representa con éxito en el Lincoln Center de esta ciudad.

Es una coproducción entre esa institución, el National Theatre, de Gran Bretaña, y el Vivian Beaumont Theatre, de Londres, donde esta obra se estrenó en 2009, con un gran suceso que la mantiene en cartel. Ese mismo montaje, dirigido por Marianne Elliott y Tom Morris, fue el que inspiró a la producción del film de Spielberg. El Times lo denominó como "El evento teatral de la década". Y no es exageración. Este montaje de diseño increíblemente bello se llevó Tonys y Olivier casi en la misma proporción.

Es una adaptación que Nick Stafford hizo de una novela para chicos escrita por Michael Morpurgo. Es una obra sobre el amor incondicional, en este caso entre un ser humano y un animal, atravesado por la injusticia.

Albert es un adolescente de 16 años que vive en una granja de Devon, en Inglaterra. Su padre -veterano de la armada británica, alcohólico y depresivo- compra un potrillo que, inmediatamente, entabla una relación especial con él. Ambos se entienden perfectamente y se vuelven compañeros inseparables. Hasta que su padre vende el caballo a un oficial británico para servir en la guerra. Así es como el pobre Joey -nombre que el chico le dio al caballo- va a la batalla, conoce lo opuesto a la vida tranquila y al aire libre de una granja, y entabla distintas relaciones con otros seres humanos y hasta con otro caballo. Mientras tanto, los años pasan y Joey no se olvida de su amigo. Apenas cumple la mayoría de edad, Albert se enrola para ir en su búsqueda. De este modo, el libro sigue la historia, las desventuras y travesías de estos dos personajes -hombre y caballo- hasta que se reencuentran.

El libreto de Stafford es en extremo superior al guión de la película de Spielberg. Es difícil no conmoverse con esta historia de amor fraternal, que tiene un desarrollo mucho más real y menos edulcorado que la versión cinematográfica. Y mucho tuvo que ver con ese resultado la brillante puesta en escena realizada por Marianne Elliott y Tom Morris, que incorporan el uso de impresionantes marionetas como los animales de la historia. Los caballos están realizados a escala real y su movimiento tridimensional al andar es realizado a la perfección por tres actores titiriteros, en su interior. Uno ve caballos en escena. A su vez, el diseño escenográfico trabaja la síntesis y son los mismos actores los que se convierten en corrales, tanquetas o carros. Este diseño, esta forma artesanal de hacer teatro, conmueve y estimula de tal forma al espectador, que sobre el final de la función uno puede ver a decenas de chicos estudiantes (en excursión para ver teatro) y adultos de todas las edades, con la emoción dibujadas en sus rostros. De más está decir que las actuaciones de este elenco mixto (estadounidense y británico) son excelentes: Andrew Durand, Alyssa Bresnahan, David Manis, David Lansbury y la pequeña Tessa Klein, sobre todo.

Cabe recordar que ocho millones de caballos murieron durante la Primera Guerra Mundial. Un millón de ellos fueron llevados desde Inglaterra a Francia por la armada británica. Sólo 62.000 de ellos pudieron regresar a Inglaterra.

Foto: Paul Kolnik (Lincoln Center)

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