miércoles, 12 de noviembre de 2008

12 de octubre


(publicada en Diario Popular, el 12 de octubre de 1999)

Por Pablo Gorlero

Sobre el 12 de octubre, fecha en la que se conmemora el descubrimiento de América y que tan estoicamente se denomina Día de la Raza, los libros de texto recurrentes en los colegios repiten una y otra vez lo mismo. Se festeja el nacimiento de una nueva raza originada por el mestizaje entre aborígenes y europeos con la consecuencia de nuevas culturas, formas idiomáticas y religiosas. ¿Pero se conoce exactamente cómo fue que llegó Cristóbal Colón al continente americano o qué fue lo que él y sus hombres hicieron?
DIARIO POPULAR hurgó en distintos textos de historiadores y halló muchos datos que esclarecen un poco lo ocurrido hace cinco siglos, a la vez que reaviva la pregunta de siempre: ¿El 12 de octubre es un día de festejo?
Ya se sabe que el marino genovés Cristóforo Colombo creía que se podía llegar a las Indias desde el Atlántico siguiendo la teoría de que la Tierra era redonda. Pero no era el único con esas ideas. Por eso les mostró a los Reyes Católicos un mapa que no era propio, sino del florentino Toscanelli, fisico, astrónomo y matemático. “En realidad, tanto los cosmógrafos y astrónomos españoles como los portugueses e italianos sabían perfectamente que la Tierra era redonda, según las antiguas teorías de Ptolomeo, e incluso tenían mayores conocimientos que Colón”, afirma la historiadora argentina Lucía Gálvez en su libro “Las mil y una historias de América”, de editorial Norma. El interés no se reducía sólo a las Indias, sino a la posibilidad de llegar a Antillia y Cipango (Japón) así como a las extensísimas regiones de Catay y Ciamba, en China, tan bien descriptas por Marco Polo, donde señoreaba el Gran Khan. Eso fue lo que a los Reyes Católicos les resultó tentador. No era para despreciar la posibilidad de negociar con ese personaje y, además, convertirlo a la fe católica. Pero, en “Historia de las Indias”, Bartolomé de las Casas afirma que los especialistas de la cohorte, despreciaron la propuesta del genovés por considerarla “imposible, vana y digna de toda repulsa”.
En su libro, Gálvez cuestiona si verdaderamente Colón desconocía que iba a descubrir nuevas tierras. Se hablaría de un piloto anónimo que le contó su secreto antes de morir y se encuentra bastante curiosa también la seguridad con que el marino hablaba de las 750 leguas que habría de recorrer desde la isla de la Gomera para llegar a la mítica Antillia, a mitad del camino de las islas. También quedan dudas sobre cómo Colón pensaba convencer al Gran Khan de rendir pleitesía a los reyes de España y traer riquezas de sus tierras. Porque los regalos, que constituían espejos, cascabeles, cuentas de vidrio, sombreros y camisas no parecían apropiados para tamaño personaje, sino más bien para gente primitiva como la que Colón había conocido en Africa. Todavía se desconoce si se trabaja de conocimiento previo o intuición de navegante.
Asimismo, tampoco es muy conocida la versión que indica que gran parte de las tripulaciones de las carabelas que comandaba Colón, estaban compuestas por presidiarios. Otro dato poco común: El 7 de octubre de 1492, los marineros divisaron una bandada de loros que iban hacia el Sudoeste. Eso fue lo que impulsó al almirante a cambiar el rumbo hacia el Sur. Por eso llegaron a las islas del Caribe habitadas por amables tainos y no a la península de la Florida, donde seguramente habrían sido recibidos a flechazos.
Por supuesto, Colón y su tripulación no cabían en su asombro al encontrarse con seres humanos de un color de piel como nunca antes habían visto y totalmente desnudos. Pero también fueron los aborígenes quienes se asustaron al ver a personajes tan pálidos, con ropa multicolor, sucios y peludos. En su diario de abordo, Colón relató: “Me di cuenta de que esa gente se convertiría mejor a nuestra santa Fe por amor que no por fuerza, y para que nos tuviesen amistad les di unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo y otras cosas más de poco valor que les dio mucho placer. Después venían nadando hacia las barcas de los navíos donde estábamos y nos traían papagayos, hilo de algodón en ovillos, azagayas y otras muchas cosas, cambiándonoslas por otras como cuentas de vidrio y cascabeles.”
Pero, según Lucía Gálvez, los objetivos de Colón fueron cambiando día a día. Primero fueron las intenciones evangelizadoras de la reina lo que lo motivaba, el segundo día ya fue el oro que había comprobado que los indígenas poseían en cantidad, y el tercero su objetivo ya era sojuzgar a esos primitivos, aunque pacíficos, habitantes.
Colón siguió navegando por las Antillas en busca de aquellos palacios con techos de oro y balcones de alabastro que esperaba encontrar. Pero sólo hallaba más tribus y hermosos paisajes naturales. En su primer viaje construyó un fuerte en La Española, donde naufragó la Santa María y, gracias a la solidaridad que le prestó Guacanagarí, el cacique de los tainos del lugar, dejó a 39 hombres para formar una nueva población. Pero, al regresar, se encontró con la totalidad de su tripulación muerta. La verdad fue que los españoles fueron saqueando los poblados indígenas en busca de oro, hasta que uno de los caciques, Canoabo, organizó una emboscada y les dio muerte a todos. Por supuesto, el pobre Canoabo fue hecho prisionero y enviado a España como esclavo.
Lo que siguió, fue un intercambio de enfermedades. Los españoles se contagiaron la sífilis, propagándola por todo el continente europeo, en tanto las poblaciones aborígenes sufrieron cientos de muertes a causa de gripe, resfrío y sarampión importadas del viejo continente.
Un conquistador
en el paraíso
Colón no aceptaba demasiadas sugerencias y se perdió de acumular más glorias debido a su obstinación. Encontró la isla de Jamaica y pasó a Cuba. Pero, al comprobar su longitud, creyó que era una península del continente asiático, tal vez Malasia. Asimismo, obstinado en no ver la realidad y atender a otros indicios dados por los aborígenes, hubiera llegado a la península del Yucatán (México), donde se encontraba todo el esplendor de la civilización maya.
Para ese entonces, en 1495, los españoles ya habían esclavizado a los aborígenes, exigiéndoles trabajo duro y tributo en oro. Pero Colón quería encontrar mayor cantidad del preciado metal e inició su tercer viaje rumbo al sur del Ecuador, una vez más, con una tripulación nutrida de presidiarios. Llegó a la isla de Trinidad y se situó frente a las costas de Venezuela. Y su imaginación le jugó un truco. El encantador paisaje virgen lo hizo creer que había llegado al Paraíso Terrenal “donde nadie puede llegar sino por voluntad divina”, según expresó en sus cartas a los Reyes. El genovés estaba convencido de ser poseedor de un don divino, aunque en otros escritos manifestó también creer que la costa de Venezuela era la de China. Entretanto, siguió reprimiendo a los indios, junto a sus hermanos Bartolomé y Diego, hasta que Bobadilla los hizo encarcelar en nombre de los reyes y los trasladó a España encadenados. Por aquella época fue que los reyes le quitaron los títulos de gobernador y de virrey. Durante su cuarto viaje en el que, también por tozudez no llegó a conocer a los mayas, hartos los indios de alimentarlos, decidieron no hacerlo más. Pero Colón recurrió a sus conocimientos científicos y los hizo reunir una noche en que estaba pronosticado un eclipse amenazándolos con hacer desaparecer la Luna si no les traían provisiones. Los indígenas rieron pero, de pronto, el astro comenzó a desaparecer. Por supuesto, asustados, continuaron aprovisionando a la tripulación de españoles hasta que regresaron a Europa.
Lo cierto es que don Cristóbal Colón, además de haber descubierto el continente americano dio comienzo a la oleada de saqueos y exterminio de los, hasta ese entonces, tranquilos habitantes de este suelo. El reconocido historiador John Elliot habla del gigantesco impacto devastador sobre la demografía americana y menciona el ejemplo de que en las tierras mexicanas los nativos pasaron de 25 millones a 2,5 millones entre los años 1520 y 1600. Con trabajos forzados, guerras y enfermedades acabaron con el 90 por ciento de la población azteca.
Por su parte, el experto Tzvetan Todorov dice que por el año 1500 había en América unos 80 millones de indígenas y que, a mediados del siglo XVI, quedaban 10 millones. En tanto, Darcy Ribeiro estima entre 70 y 88 millones la población antes de la conquista, que 15 años después sería de unos 3,5 millones. La masacre fue enorme porque durante el actual siglo XX ningún acontecimiento hizo desaparecer a un total de 70 millones de personas.
El historiador Earl J. Hamilton realizó un detallado estudio de las riquezas en metales preciosos que entraron en España, indicando que entre los años 1503 y 1660 llegaron al puerto de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. El volumen significó que, en poco más de un siglo, llegó al territorio español tres veces más plata que el total de las reservas europeas.
Todavía está por verse si el “Día de la Raza” continúa siendo un día de festejo o de luto ya que el sólo hecho del descubrimiento no justifica tanto saqueo y muerte.

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