domingo, 20 de diciembre de 2009

Peligro: celulares y pochoclo

Teatros: Apaguen los celulares... dejen de masticar

Por Pablo Gorlero

Hay un silencio abismal. Sollozos y llanto contenido en escena. Como cortina inoportuna, de pronto, suena no tan lejana "La vida es un carnaval". Es el celular de un espectador desubicado, que logra que los actores y toda una platea tengan que hacer esfuerzos supremos por no desconcentrarse. Esta escena se repite en los teatros de Buenos Aires, aunque siempre antes de comenzar la función alguien pida que se apaguen los celulares y todo chirimbolo electrónico que pueda hacer ruido. No obstante, siempre está aquel que lo enciende para ver algún mensajito de texto o para fijarse la hora si está aburrido. Por supuesto, en el momento de mayor oscuridad de la propuesta.
El colmo: en plena función intimista, en el teatro Anfitrión, sonó un celular y el espectador lo atendió. Lo peor de lo peor es que era periodista. Son muchas las anécdotas de actores que han interrumpido la función para pedir respeto.
A estos espectadores molestos se les sumó una nueva raza: la de las termitas. Hace algo más de una década hubo una gran polémica en Broadway en torno a la venta de comestibles y bebidas en algunos teatros. Esa modalidad se trasladó a varias salas del West End londinense y también generó repudio en muchos ámbitos que se quejaban de los ruidos molestos que generaba este tipo de consumo en plena función. Quien esto escribe conoce a muchas personas que detestan concurrir a cines donde se corre el riesgo de tener a un ávido masticador de pochoclos al lado, con un "crunchi crunchi" infernal.
Y como era previsible, el consumo dentro de las salas llegó a Buenos Aires. Hoy en día es bastante común escuchar, en plena función, el último sorbo con pajita en un vaso de plástico, el chistido que produce el abrir una lata de gaseosa, esa molesta sensación de que el consumidor de pochoclo y maní parece pretender encontrar una joya perdida en el fondo de la bolsa. En el Metropolitan, a un espectador hasta se le volcó la gaseosa en plena función. Las clásicas señoras que pelan caramelos a coro quedaron en el olvido en comparación con estas situaciones que atentan contra el resultado artístico y modifican al público.
Por fortuna no son todos los teatros. Pero los suficientes como para tener que rogar que a uno no le toque un tragaldabas al lado.

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