jueves, 12 de junio de 2008

Norma Aleandro

Escrita para la revista Sucesos Argentinos, de España, a mediados de 2006

Norma Aleandro

“Tardé veinte años en volver a España”

La actriz argentina acaba de regresar de una gira y cuenta su relación afectiva con la tierra de sus ancestros. A su vez, recuerda los sinsabores y las alegrías de su exilio político en Madrid.

Por Pablo Gorlero

Hasta fines del año pasado estuvo haciendo una gira por casi todo el territorio español, con su amigo Sergio Renán, para representar la pieza “Mi querido mentiroso”.

-¿Es divertido o agotador una gira de esa magnitud?
-Andar cambiando de ciudad cada dos días es cansador. Pero fue muy divertido porque hicimos la gira en una camioneta y se armó un grupo muy lindo. Además, España es preciosa y conocimos muchas ciudades del País Vasco, Galicia, Andalucía, Castilla.
-En este tipo de viajes es cuando uno se da cuenta de que España es un conglomerado de pueblos, ¿verdad?
-Exacto. Pero te diría que se nota hasta qué punto son varios países, con sus autonomías, sus posibilidades de h hablar sus lenguas y recuperar su cultura, algo que lograron desde que tienen democracia.
-¿Qué diferencias encontrás entre estas comunidades y con cuál te sentís más identificada?
-Mi madre (María Luisa Robledo) y mi hermana (María Vaner) son madrileñas. A su vez, la madre de mi mamá era de Castilla la Vieja, de Arévalo; y su padre era de Granada. O sea que tengo tanto de andaluz como de castellana. Pero por parte de mi padre, de Italia. Es un clásico argentino: ítalo-españoles. Me gusta muchísimo. Me siento identificada con Castilla porque es la tierra de mi familia y con Andalucía ni hablar. Pero, por ejemplo, el País Vasco, Asturias y Galicia me enamoran. Nunca me voy a olvidar un viaje que hicimos con mi marido a Finisterre, hace dos años, cuando fui a filmar una película. Esos tres países son muy bellos y tienen gente muy bella.
-¿Durante tu exilio de cinco años no tuviste ocasión de recorrer España bien?
-Vivíamos en Madrid y viajamos ya casi al final, cuando nos volvíamos, que hicimos un pequeño recorrido para conocer más. Ibamos seguido a Andalucía porque mi esposo daba clases en Sevilla. Pudimos conocer bien esa Sevilla que no es para turistas, nos la mostraban los médicos alumnos de mi marido.
-¿Cómo fue el recibimiento esta vez?
-La recepción del público fue muy buena. Se llenaba el teatro pero, además de eso, le gustaba a la gente. Se quedaban al final de la función para decirnos qué les había pasado. Es que últimamente hubo muchas películas argentinas allá y la gente es muy cariñosa y generosa.
-¿Cuándo volvés a España sentís que sos visita o te sentís parte?
-Mirá, el cambio fue muy grande. Pasaron veinte años sin que mi marido y yo volviéramos, luego del exilio. Fue cuando, hace tres años, volví para filmar “El deseo”.
-¿Por qué tardaron tanto en regresar?
-Porque el exilio es un shock muy grande, muy especial. Cuando volvimos no nos propusimos hacer un tour de recuerdos. Entonces fuimos a Galicia, unos días a Madrid, pero no más de una semana. Tenemos una pequeña finca en Guadalajara, a 80 kilómetros de Madrid. Es una pequeña casita en una sucesión de pueblitos. Ni siquiera habíamos vuelto a ese lugar. Sabíamos que fue usada por una gran cantidad de argentinos y no argentinos que se la fueron prestando unos a otros. Pero no nos animábamos a ir.
-¿Nunca más?
-Fui hace dos años, cuando regresé a hacer una temporada con Sergio Renán. Ahí está todavía nuestra casita.
-¿Y qué te pasó cuando la viste?
-Me impresionó mucho porque se había quemado el bosque, que era hermoso. Pero me llamó la atención que la casa no estuviera destruida, ya que tenía la puerta sin cerrojo. Lógicamente se llevaron los muebles, pero no estaba ni pintada, ni dañada. Después, con mi marido, fuimos a recorrer los departamentos donde habíamos vivido. Fueron dos, en Madrid. Nos impactó mucho. Encontrarnos de nuevo con esos barrios, recordar todo... Fue muy importante para nosotros poder estar ahí exiliados.
-¿Era un recuerdo de cariño o de pena?
-Sí, de cariño. Fue muy fuerte porque con Fede y con mi h ijo hemos rescatado siempre lo mejor de ese exilio. Y bueno, nos encontramos también con un país cambiado. Nosotros habíamos llegado cuando recién comenzaba la democracia y el famoso destape. Todo era una gran novedad para ellos: veían películas que nunca habían podido ver y tenían una forma de vivir distinta.
-¿Cuáles fueron las cosas buenas del exilio?
-Es que es una prueba con uno mismo. Son esos daños que te matan, pero que te hacen más fuertes. Lógicamente, al hacerte más fuerte, corrés peligro de crear una muralla con la otra gente. Pero no fue nuestro caso. Nos cuidábamos mucho entre nosotros tres de no volvernos amargados. Cuidamos no perder la alegría de vivir y considerar todo el tiempo con cariño al país que nos había dado un lugar para vivir. Es que el problema del exilio es que muchos empiezan a odiar al país donde han llegado y lo comparar todo el tiempo con el propio o le buscan los defectos. Nosotros no permitíamos que, en las conversaciones, se hablara mal de España. Era el lugar que nos estaba dando la posibilidad de vivir y eso fue bueno. Otra cosa que hicimos fue no guardar rencor contra nuestra propia tierra porque fue una circunstancia. Los que nos hicieron los atentados fueron un grupo de personas, no los ciudadanos argentinos.
-¿En estos últimos viajes hablaste con argentinos que están viviendo allá?
-Sí, con muchos que se quedaban a esperarnos a la salida del teatro. Para muchos era muy duro, aunque otros estaban ya más asentados y acostumbrándose. Es que mucha gente con problemas económicos se tuvo que ir, pero dejó aquí lo afectivo. Durante mi vida me encontré con muchas personas de ese tipo. Durante seis años estuve yendo y viniendo a los Estados Unidos para trabajar. Por lo general, el servicio doméstico de los hoteles era de mujeres latinoamericanas: guatemaltecas, mexicanas, salvadoreñas... Todas ellas trabajaban para mandar el dinero a su tierra y también con la esperanza de podérselos llevar consigo a los Estados Unidos. Pero para eso, debían conseguir vivir tres años allí sin salir. No era sólo mandar el dinero, sino desarraigar maridos, hijos, padres, madres... Era durísimo. Es terrible el exilio ya sea por problemas políticos o económicos, como aquel caso de las latinas o en el caso de esta diáspora terrible que se armó desde la Argentina hacia otros países, sobre todo a España. Claro que también me encontré con mucha gente contenta, con trabajo, que se puso algún negocio con sus ahorros. Recuerdo que entramos a un negocio en Gijón cuyo dueño era un argentino que vivía allí desde hace tres años. Había tenido un negocio en Buenos Aires donde lo asaltaron 12 veces en un año. Me contó que su hermano llegó a matar a uno de los asaltantes y ahí decidieron irse del país. Levantó su casa, su familia y puso este otro negocio en el lugar donde habían nacido sus ancestros. Estaba feliz y no extrañaba nada porque había vivido una pesadilla muy grande. Eso también le pasa mucha gente.
-Se dice que, si bien tanto el exilio político como el económico son malos, lo que los diferencia es que los exiliados económicos no vuelven...
-No te creas. Se están volviendo algunos. El día que nos veníamos me robaron los documentos y tuve que ir al consulado argentino. El cónsul nos contó que en el último año se estaba volviendo mucha gente. No recuerdo si eran como 30 por mes o 30 por semanas, con sus familias o solos. Mucha gente se largó a España sin trabajo y se dieron cuenta de que no era tan fácil conseguir empleo y obtener los papeles. Esos se están regresando.
-¿Qué sentiste en 2001 cuando comenzó este exilio económico de miles de argentinos?
-Una pena muy grande por este país tan rico como el nuestro expulsara a sus hijos por hambre, no por necesidades. Todo por un desorden social tan grande que permitió el robo permanente por parte de un buen número de nuestros políticos en funciones, y que hizo que se hicieran los peores y siniestros negocios del traspaso de firmas del Estado. Algo que todos sabemos y que se sigue haciendo. Es que es difícil limpiar ese entramado mafioso que hay en el poder. Hemos llegado a ver gente comer de los tachos de basura y a una gran cantidad de población en la indigencia, en los límites más bajos de la pobreza. Eso es atroz. Pero por otra parte, también hemos visto las redes solidarias más fuertes que uno se pudiera imaginar. Se lo contás a un extranjero y no pueden creer que, siempre desde el ciudadano, se hayan armado tan rápido y que sigan siendo. Nuestra población es infinitamente generosa.
-¿No te sentiste nunca tentada a pedirle a alguno de estos argentinos en diáspora que se vuelvan?
-No. Muchos me pedían consejo. Pero la vida de cada uno es sagrada, es única y tiene un universo individual que resolver. Ningún caso se parece al otro. Salvo cuando están muy desesperados, que ahí les decía que lo piensen bien. No es fácil estar fuera del país sin trabajo. Pero, a pesar de estar mal, muchos tenían ganas de seguir intentándolo.
-¿Y dentro tuyo no tenías ese deseo?
-Y, sí... Muchos llevaron a sus hijos adolescentes. Y cuando los chicos se ponen de novios y se casan, ya nunca más vuelven. Era el miedo que teníamos con mi marido, en el exilio, porque nuestro hijo llegó a hacerse adolescente en España. Por suerte, se enamoró de una argentina y se vino de cabeza. Pero si no, ¿cómo hacés? Se te empieza a dividir el alma y la vida.
-¿”La señorita de Tacna” (obra que está representando la Argentina) está muy ligada a España para vos?
-Sí porque con esta obra volví.
-¿Volviste con ella o por ella?
-Emilio Alfaro me propuso volver a hacerla. La íbamos a hacer en España, en el Teatro Español, con dirección de José Luis Gómez. Fue un regalo de mis amigos. Me la dio Marilina Ross. Era ella quien la tenía que hacer, pero dijo que no e insistió en que la tenía que hacer yo. Cuando renunció Gómez al Español, no tenía la menor posibilidad de conseguir producción, ni teatro, ni nada. No me conocía nadie en España. Pero me encontré con Vargas Llosa que estaba en Madrid y se interesaba en que yo la hiciera. Cuando llegó Emilio, a los tres meses, decidimos volver a Buenos Aires. Bah, lo decidí yo y lo convencí a mi marido. Teníamos mucho temor porque estaba todavía el gobierno militar.
-¿Había más miedo o felicidad?
-Yo tenía mucha felicidad de volver, pero el miedo primaba bastante porque las amenazas seguían. Nunca se sabía qué podía pasar, pero preferí soportarlo y regresar a mi país.
-¿Cómo pudiste trabajar con esa presión?
-Les pedí a mis compañeros que no se acercaran demasiado a mí en el saludo final. Aunque revisaban a la gente en la entrada, yo tenía miedo de que un día me tiraran un tiro y se lo ligara un compañero.
-¿Qué vas a hacer al finalizar “La señorita de Tacna”?
-Tengo tres películas y una obra para montar, de autor norteamericano. Es una muy buena comedia para el Paseo La Plaza.
-¿Tenés previsto volver a España?
–Sí, sí... Inclusive quieren que vaya ahora al estreno de “Cama adentro”, pero es imposible. De todas formas, tal vez hagamos algo porque me han ofrecido dirigir teatro allí también, aunque no está nada confirmado. Pero todo esto sería para 2006.
-¿Por qué dejaste de trabajar en Hollywood?
-Porque quería estar aquí. Si yo venía del exilio... Hicimos “La historia oficial” y, a raiz de eso, me empezaron a llamar desde allí a trabajar, cosa que aquí en la época de Alfonsín no tuve ninguna posibillidad de trabajo. No me preguntes por qué: nunca lo sabré. Pero estaba más tiempo allí que aquí y no daba más. Quería estar en la Argentina porque para eso habíamos vuelto del exilio. Hasta que un día, cuando hice la última película en Hollywood, “One Man’s War”, con Anthony Hopkins, dije basta. Empecé a hacer teatro en Buenos Aires y tuve que empezar a decir que no a las propuestas norteamericanas.
-¿Ya no te convocan más?
-Sí, lo hacen. Aquí mismo tengo dos libros para terminar de ver y contestar. También tengo otro para Israel. Si es para ir a hacer una película: dos meses nada más, podría arreglar mis cosas aquí, si no, va a ser difícil. Fue una decisión que no me costó trabajo tomar porque no quería estar más tiempo alejada de aquí.

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